Martín Lutero, el Servo Arbitrio y la Función de la Ley

El siguiente extracto proviene del exelente libro de Martín Lutero llamado ‘El Servo Arbitrio’ (‘La Voluntad Determinada’). Trata sobre la verdadera función de la Ley y es la respuesta a aquellos que sostienen que la Ley nos informa de lo que podemos hacer, en defensa del libre albedrío, cuando la Ley lo único que hace es informarnos de nuestro deber, no de nuestro poder:

“La obra de Satanás es tener asidos a los hombres a fin de que no se den cuenta de su miseria sino presuman ser capaces de hacer todo lo que se ordena. La obra de Moisés empero y del legislador es lo contrario a esto: es lograr que mediante la Ley, el hombre llegue al pleno conocimiento de su miseria, y entonces, una vez quebrantado y confundido al conocerse bien a sí mismo, prepararlo para la Gracia y enviarlo hacia Cristo para así ser salvado. No es, pues, algo ridículo lo que es hecho por medio de la Ley, sino algo sumamente serio y necesario.” ‘La Voluntad Determinada’, pag. 153 (Editorial Concordia)

Vemos, entonces, que la Ley tiene un rol importantísimo dentro del plan de Dios para salvar al hombre, pero este rol no es informarle al hombre de lo que puede hacer, sino de lo que debe hacer; y una vez que nos damos cuenta de que no podemos hacer lo que debemos, nuestra única salida es correr a los brazos de Cristo, nuestro Salvador, para ser cubiertos por Su Gracia y Justicia.

Dios les bendiga…

Todo por Nada: La Gracia Soberana de Dios en la Salvación. Interpretación y Exposición de Efesios 2:8-10 (Parte Nº7).

7.- Si bien las obras que nosotros hagamos, sean cuales fueren, no son ni serán nunca la causa o fundamento de nuestra salvación, así como tampoco son ni serán la causa de que Dios haya extendido o extienda aún Su Gracia sobre aquellos que hemos creído, eso no implica que las obras no tengan su lugar dentro del plan que Dios dispuso en Sí mismo para nosotros al salvarnos. Por este motivo, luego de enseñarnos claramente que nuestra salvación de principio a fin y en todos sus aspectos es obra de la Gracia de Dios manifestada en Jesucristo y extendida sobre nosotros por medio del don de la fe, Pablo nos enseña sobre las buenas obras en la salvación por Gracia cuando nos dice en Efesios 2:10: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.

De los vs. anteriores, Pablo concluye: “Porque somos hechura suya…”, de manera que el lenguaje de la Gracia sigue impregnando el pensamiento del Apóstol incluso cuando procede a hablar de las buenas obras. Esta expresión nos enseña que aquellos que hemos sido elegidos por Dios para salvación somos obras de la Gracia de Dios. Dios expresa Su obra de Gracia en nosotros como un proceso de creación o re-creación; no como aquella narrada en Génesis 1, sino como un cambio radical de dirección y disposición del redimido, desde amar el mal y odiar a Dios a amar a Dios y aborrecer el mal. Por medio del profeta Isaías, Dios se expresa de la siguiente manera de Su pueblo redimido:

Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú…No temas, porque yo estoy contigo; del oriente traeré tu generación, y del occidente te recogeré. Diré al norte: Da acá; y al sur: No detengas; trae de lejos mis hijos, y mis hijas de los confines de la tierra, todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hiceEste pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará.

Isaías 43:1,5-7,21

Este pasaje trata específicamente del propósito de Dios con respecto a Su pueblo escogido, Su Iglesia, a los cuales Él creó para publicar Sus alabanzas. La obra de Dios con Su pueblo es íntima, cercana e inevitable (vs. 13).

Volviendo a Efesios 2:10, esta sola frase bien entendida, “…somos hechura suya…”, hecha por tierra toda pretensión de mérito en las obras, con lo que nuevamente se refuta la salvación por obras o cualquier intento de introducir las obras del creyente como fundamento meritorio o sustentador de la Justificación o la Santificación. También, de esta sola frase, podemos deducir que el creyente tiene segura su redención en Cristo, pues su salvación es obra de Dios, esto es, de Su Gracia y misericordia, y esta obra de Dios incluye las mismas buenas obras del creyente, como más adelante se afirma. A su vez, esta sola frase refuta completamente la doctrina del libre albedrío, pues si somos obra de Dios, entonces nuestra elección también es obra Suya, y de esto se concluye claramente que no existe libertad de elección, con respecto a Dios, en cuanto a la salvación. Esto es, elegimos voluntariamente, más no libremente. Y en último lugar, esta frase implica que a menos que Dios obre en nosotros, estamos en una posición de impotencia en cuanto a salvación se refiere, imposibilitados de salvarnos y obrar el bien por nosotros mismos. Dependemos totalmente de Dios.

El pasaje continúa con lo siguiente: “…creados en Cristo Jesús…”. Esto puede entenderse de dos formas, ambas con firme fundamento Bíblico. Primero, puede entenderse con referencia al patrón de la obra de Dios en nosotros, esto es, somos formados a la imagen de Jesucristo. Pablo nos enseña esto en las siguientes palabras:

Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.

Romanos 8:29

Jesucristo, en cuanto a Su humanidad, es el patrón por el cual somos formados aquellos que hemos creído. En la Justificación, nuestra justicia frente a Dios es igual a la de Jesucristo, por el hecho obvio de que nuestra justicia frente a Dios es la Suya propia; en la Santificación, nuestra corrupción es removida gradualmente por el Espíritu Santo en nosotros, de manera que somos formados gradualmente a la imagen de Cristo a medida que somos santificados mediante la Palabra (Juan 17:17), mas éste proceso no alcanzará la perfección sino hasta nuestra muerte o hasta que llegue el Señor (1 Corintios 15:53-54; Filipenses 3:20-21; 1 Juan 3:2). Jesucristo, el Primogénito, es el patrón; nosotros somos hechos a semejanza de Él.

Nuevamente Pablo hace referencia a esto al comparar nuestra semejanza con Adán y con Jesucristo en el siguiente pasaje:

Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.

Romanos 5:19

Si bien este pasaje trata específicamente sobre la Imputación de la culpa de Adán y la justicia de Jesucristo, esto no implica que los efectos de aquella imputación no estén incluidos, tanto la corrupción causada por la culpa y como la santidad causada por la justicia. Y todo esto es obra de Dios, Quién hace todo en todos (1 Corintios 12:6).

La segunda forma de entender esta frase es refiriéndose a Cristo como la fuente y fundamento de todas nuestras bendiciones. En Colosenses encontramos apoyo para esta interpretación:

Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad.

Colosenses 2:8-10

Ciego es aquel que busca bendición de Dios aparte de Cristo, porque solamente por Él tenemos entrada al Padre (Juan 14:6), y solamente en Él tenemos todo lo necesario para servir a Dios como corresponde, de manera que aquel que quiera agradar a Dios debe asirse de Cristo, porque aparte de Él nada podemos hacer (Juan 15:5). La forma de permanecer en Él es por medio de la fe (Romanos 11:20), la cual también es don de Dios.

En 1 Corintios leemos lo siguiente:

Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención

1 Corintios 1:30

Es en Cristo que tenemos todas estas cosas; y como a Cristo lo recibimos por medio de la fe (Juan 1:12), se desprende necesariamente que todas estas cosas las recibimos por medio de la fe. Es, entonces, por la sola fe y no por obra alguna que recibimos lo que Dios nos ha concedido en Cristo.

Si bien ambos sentidos son Bíblicos y no tengo problema en entender cualquiera de los dos en el pasaje, me siento inclinado a entender el primer sentido por sobre el segundo por razón del contexto cercano. El pasaje trata sobre las buenas obras, las cuales son el resultado o fruto de la Santificación del creyente. Debido a que la Santificación tiene como propósito el hacernos semejantes a Cristo mediante la remoción de la corrupción de la carne que aún impera en nosotros por medio de la renovación de nuestra mente (Romanos 12:2; Efesios 4:22-24), entonces pienso que el primer sentido tiene más coherencia en este versículo de Efesios. Ahora bien, el segundo sentido también encuentra algo de apoyo en los vs. 4-7 de Efesios 2, sin embargo, en el contexto cercano el primer sentido es más coherente, pero si alguien prefiere entenderlo de la otra forma no veo problema alguno.

Pablo prosigue a informarnos sobre el propósito de Dios al salvarlos: “…para buenas obras…”, esto es, Dios nos salva para que obremos el bien. Primero, notaremos inmediatamente que Dios no nos salvó por buenas obras, sino “para buenas obras”, con lo que todo mérito en nosotros mismos es quitado inmediatamente. Y esto se sigue coherentemente de todo lo dicho hasta aquí, pues si somos salvos “por Gracia” y si las buenas obras son el resultado de haber sido “creados en Cristo Jesús”, entonces se sigue lógicamente que antes de que Dios nos salvase estábamos totalmente imposibilitados de obrar el bien, por lo que ninguna de nuestras obras puede ser fundamento alguno o causa de nuestra salvación (Tito 3:4-6).

En segundo lugar, nos deberíamos preguntar: ¿Qué es una buena obra? Pues bien, una buena obra es aquella que ha sido hecha en conformidad con la Ley de Dios (Josué 1:7-8; Salmo 119:1; Romanos 7:21-23). Siendo Dios el único Bueno y Santo en esencia, solo Él puede prescribir lo que es bueno y malo, y siendo nuestro Creador Soberano, tiene todo el derecho de imponer Sus Leyes sobre nosotros. La forma en que Él ha hecho esto es a través de Su Ley, la cual nos informa sobre lo que es bueno y malo (Romanos 7:7).

Pues bien, como hemos visto en las entregas anteriores, si bien la Ley nos informa de nuestro deber para con Dios, con nuestro prójimo y con nosotros mismos, hay algo que la Ley no hace, y eso es darnos el poder de obedecerla (Gálatas 3:21). La Ley simplemente nos informa de nuestro deber y revela nuestras faltas, solo eso, como nos lo dice Pablo en las siguientes palabras:

…ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.

Romanos 3:20

¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás.

Romanos 7:7

Como el hombre está muerto en delitos y pecados, la Ley hace caer sobre él todo el peso de la maldición, pues éste no tiene poder alguno para obedecerla tal cual como Dios manda.

Entonces, ¿De qué manera Dios logra que Sus hijos obedezcan Su Ley sin ser condenados por ella? En primer lugar, quitando la maldición que cae sobre sus cabezas mediante la muerte de Jesucristo. El Señor sufrió en la cruz el castigo que la Ley demandaba de los hijos de Dios, de manera que la condenación de la Ley que recaía sobre los que creemos quedó totalmente extinguida; fuimos redimidos por Su muerte y comprados por Su sangre (Hechos 20:28; Gálatas 3:13). En segundo lugar, ya que no tenemos deuda alguna con la Ley, pues estamos bajo la Gracia, Cristo, mediante Su intercesión (Juan 17:14-21; Romanos 8:34; Hebreos 7:23-25), nos aplica los beneficios de Su obra a través de Su Espíritu Santo.

Dios comienza Su obra abriéndonos los ojos del entendimiento a Su Palabra y cambiando la disposición de nuestros corazones hacia Su Justicia, de manera que mientras que antes odiábamos la Palabra, ahora queremos creerla y obedecerla:

Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.

Ezequiel 36:25-27

Pues bien, la fortaleza para obedecer la Ley de Dios nos es dada por el Espíritu Santo, como está escrito: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra”, de manera que dependemos totalmente de Dios para obrar el bien. De esto también se puede inferir que aquellos que no tengan el Espíritu Santo, por más que en la superficie sus obras parezcan buenas a nuestros ojos, son totalmente incapaces de obrar el bien; tienen la cáscara, pero no la sustancia.

A la luz de esto, aquellos que hemos creído nos debemos sentir impelidos a orar a Dios para que constantemente nos asista mediante Su Espíritu, a fin de que nos mueva a perseverar en la sana doctrina y en la obediencia a Su Ley. Toda confianza en nosotros mismos es vana, de manera que nuestros ojos deben estar puestos en Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote, Quién intercede constantemente por nosotros. A su vez, si pecamos no debemos desesperar, sino confiar en que Dios “es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” y que la muerte de nuestro Señor Jesucristo “es la propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 1:9,2:2).

Siguiendo con Efesios 2:10, el pasaje nos dice en cuanto a las obras lo siguiente: “…las cuales Dios preparó de antemano…”. La Soberanía y la Gracia de Dios abarcan incluso las buenas obras del creyente. Éstas no son dejadas al azar, ni tampoco son causadas por las propias fuerzas del creyente, sino por el Espíritu de Dios, de acuerdo al propósito que Dios en la eternidad pasada se propuso en Sí mismo para con Sus hijos.

Las buenas obras del creyente fueron decretadas en los consejos de Dios antes de la Creación del mundo, y son parte de aquello que Dios nos ha concedido en Su Gracia, como está escrito:

Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de Dios, quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos

2 Timoteo 1:8-9

El propósito de Dios con respecto a nosotros es formarnos a la imagen de Su Hijo Jesucristo (Romanos 8:28), y esto incluye una transformación completa y radical en nuestra forma de pensar y de actuar, a fin de que reflejemos a Jesucristo en nosotros, como está escrito:

El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo.

1 Juan 2:6

En cuanto a la causa de estas buenas obras, es Dios Quién nos impele y nos da fuerzas mediante Su Espíritu Santo, cuyo instrumento es la Palabra de Dios (Juan 17:17; Efesios 6:17), a obedecer Sus mandamientos de acuerdo a Su Soberana voluntad:

porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.

Filipenses 2:13

Jehová, tú nos darás paz, porque también hiciste en nosotros todas nuestras obras.

Isaías 26:12

Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Hebreos 13:20-21

De los versículos anteriores podemos inferir claramente que dependemos de Dios para obrar el bien, de manera que lo mejor que podemos hacer es confiar en Él y orar constantemente pidiendo Su asistencia. También concluimos que estas obras son dones de la Gracia de Dios en Jesucristo. Podemos decir también que todo aquel que pretenda obrar el bien aparte de Jesucristo se engaña a Sí mismo, pues solo en Él encontramos lo necesario para agradar a Dios de manera correcta (Juan 15:4-5).

Ahora bien, Dios preparó nuestras buenas obras “para que anduviésemos en ellas”. Las buenas obras del creyente cumplen un papel importantísimo dentro del propósito de Dios. Solo por nombrar algunos, nuestras buenas obras reflejan la Santidad de Dios:

No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno

Colosenses 3:9-10

…como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.

2 Pedro 1:14-16

También, nuestras buenas obras pueden ser el medio por el cual los incrédulos puedan llegar a creer en el Evangelio y glorificar a Dios:

Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Mateo 5:16

Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma, manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras.

1 Pedro 2:11-12

Siendo esto tan importante, cuanto más debemos esforzarnos por obedecer a Dios, confiando en que Él nos dará las fuerzas necesarias para obrar el bien y la Gracia suficiente para cubrir nuestras faltas. Todo esto gracias a lo que nuestro bendito Señor Jesucristo hizo por nosotros al morir en la cruz.

En conclusión, Efesios 2:10 nos enseña que somos obras de la Gracia de Dios. Dependemos totalmente de Él y Su Gracia en todo nuestro andar. Su obra en nosotros tiene un patrón, y este es nuestro Señor Jesucristo, el único en donde encontramos todas las bendiciones necesarias para agradar a Dios. Todo aquel que no esté en Cristo no tiene poder alguno para obrar el bien, de manera que las ‘buenas’ obras del no Cristiano son cáscara sin contenido, condenadas por Dios. Las buenas obras del creyente fueron decretadas antes de la Creación del mundo por Dios, y son actualizadas en el tiempo e impulsadas en el creyente por el Espíritu Santo que mora en él. El fin de estas buenas obras es manifestar la Santidad de Dios y llevar al incrédulo a creer en el Evangelio.

Todo por Nada: La Gracia Soberana de Dios en la Salvación. Interpretación y Exposición de Efesios 2:8-10 (Parte Nº6).

6.- Habiendo dejado claramente establecido el Apóstol Pablo que la fe en Cristo es un don de Dios y no un producto de nuestra propia voluntad e iniciativa, procede a cerrar la puerta a todo esfuerzo humano para obtener la salvación por sus propios méritos diciendo en Efesios 2:9: “no por obras, para que nadie se gloríe”, es decir, no somos salvos por ningún tipo de obra de justicia que nosotros podamos hacer y, por lo tanto, no tenemos nada de qué gloriarnos en nosotros mismos con respecto a nuestra salvación. Con estas palabras, el Apóstol nos enseña la carencia de gloria en el hombre con respecto a su salvación.

Antes de interpretar y exponer este pasaje, vamos a definir que es una obra y a que “obras” específicas se refiere el Apóstol. La RAE define la palabra obra como “cosa hecha o producida por un agente” (aquí). Si relacionamos esta definición al tema que estamos tratando, el agente específico al que la aplicaremos será al ser humano. Esto incluiría tanto la fe como toda otra obra que el hombre pueda producir y pueda ser tomada como fundamento de su salvación, es decir, todo aquello que el hombre pueda reclamar como su propia justicia, de la cual podría gloriarse a sí mismo. Como hemos visto hasta ahora, la salvación completa es solamente por Gracia de Dios sin ningún tipo de obra humana como fundamento meritorio por parte de Sus objetos, de manera que lo dicho anteriormente es consistente con lo que el pasaje nos enseña.

Ahora, Pablo tiene en mente un tipo específico de “obras” que, dicho sea de paso, son el único tipo de “obras” que nos puede ser contado como justicia. Digo esto a fin de que no haya alguno que piense que porque estas “obras” específicas a las que Pablo se refiere no nos pueden justificar delante de Dios, entonces puede haber otro tipo de “obras” que sí lo pueden hacer. Veamos lo que Pablo nos dice al respecto:

Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas.

Gálatas 3:10

Entonces, a la luz de este clarísimo pasaje, lo que Pablo tiene en mente son “las obras de la ley”, es decir, “todas las cosas escritas en el libro de la ley”, específicamente aquellas obras que nos son ordenadas para poner en práctica, “para hacerlas”. Dentro de estas “obras” están incluidos todos sus tipos, ya sean morales, ceremoniales o civiles, aunque el énfasis específico es en las de orden moral, pues solo éstas son susceptibles de ser juzgadas como buenas o malas y son éstas las que sirven de fundamento a las otras dos clases. Esto también incluye las “obras” de aquellos a quienes no les fue dada la Ley de manera explícita, es decir, los gentiles. Pablo dice:

¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado.

Romanos 3:9

Este pasaje solo tiene sentido si se presupone que los gentiles también tienen conocimiento de la Ley, algo que Pablo afirma en Romanos 2:14-15 al decir que los gentiles tienen “la ley escrita en sus corazones”, con referencia a la Ley moral.

Ahora bien, aunque podemos decir con seguridad que Pablo tiene en mente “las obras de la ley” en Efesios 2:9, debido a que no hay calificación para la palabra “obras” en este pasaje podemos decir que Pablo hace referencia a toda obra que el hombre pueda producir. Es decir, si bien esta palabra implica claramente “todas las cosas escritas en el libro de la ley”, el uso que hace Pablo de ésta es más bien general, con lo que también incluye, por ejemplo, las obras de la Ley motivadas por la fe, así como también los sacramentos practicados por la Iglesia: El Bautismo y la Santa Cena. Esto queda demostrado con lo que sigue de este pasaje, donde se nos dice que la salvación “no (es) por obras, para que nadie se gloríe”, lo cual presupone evidentemente que todo motivo de gloria en el hombre es retirado, y la gloria de su salvación entera recae completamente en la Gracia de Dios. Es decir, si la salvación nos viene por bautizarnos, por participar de la Santa Cena, por nuestras obras hechas en fe, etc. entonces el hombre tendría algo de que gloriarse a sí mismo, con lo que lo dicho por Pablo aquí no tendría sentido alguno.

En conclusión a esta parte, podemos decir que Pablo incluye todo tipo de “obras” cuando escribe que la salvación “no (es) por obras”. Al afirmar esto no estoy diciendo que existan otras obras aparte de la Ley, porque aquellas obras, específicamente las de orden moral, son las mismas que las de “la ley escrita en (los) corazones” de los gentiles, pero hechas explícitas.

En fin, para entender el porque nuestras obras no pueden salvarnos vamos a analizar las exigencias de la Ley con respecto a nuestro deber. Para esto, volveremos a citar Gálatas 3:10:

Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas.

Gálatas 3:10

En primer lugar, para que podamos ser justificados delante de Dios por nuestras propias obras, debemos obedecer la Ley de manera permanente (“Maldito todo aquel que no permaneciere”), es decir, nuestra obediencia a la Ley debe ser inmutable. No basta con obedecer por un momento solamente, sino que la obediencia debe ser permanente durante todo el tiempo, sin variar por un solo segundo. En segundo lugar, nuestra obediencia a la Ley debe ser completa (“Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley”), es decir, no debe haber punto en la Ley que no obedezcamos. Toda ella debe ser obedecida sin faltar un solo mandamiento, y el quebrantamiento de uno solo de ellos nos hace culpables frente a la Ley (Santiago 2:10). Entonces, a la luz de esto, debemos decir que lo que la Ley de Dios nos exige es obediencia perfecta, y cualquier cosa menos que eso nos pone bajo maldición y nos retira toda posibilidad de ser justificados delante de Dios por las obras de la Ley, puesto que es “el que hiciere estas cosas” el que “vivirá por ellas” (Gálatas 3:12), no el que no las hiciere.

El asunto es el siguiente: Si cualquiera de nosotros pudiese cumplir la Ley como esta lo exige, entonces ciertamente la justificación la obtendríamos mediante la Ley, pero el hecho es que, al ser pecadores, no hay ninguno de nosotros que cumpla la Ley según sus propias exigencias (Romanos 3:9-20). Por lo tanto, todo hombre pecador está bajo la maldición de la Ley de Dios a menos que Cristo le salve, aplicando sobre él los beneficios de Su obra (Gálatas 3:10).

Entonces, la salvación no puede ser por nuestras propias obras de justicia, de manera que tiene que ser por la Gracia de Dios; en conclusión, nada que podamos hacer nos puede salvar, mucho menos mantener la salvación y, por lo tanto, no hay nada de lo que podamos gloriarnos frente a Dios o frente a los hombres con respecto a nuestra salvación. Estamos totalmente a merced de la misericordia de Dios, como está escrito:

Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.

Romanos 9:16

El hecho de que carecemos de toda gloria con respecto a nuestra propia salvación es testificado por las Escrituras, como está escrito:

Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Más por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.

1 Corintios 1:26-31

Ninguno de nosotros tiene algo de que jactarse frente a Dios o frente a los hombres con respecto a nuestra salvación, sino que todo aquello que tenemos lo hemos recibido por Gracia. Fue Dios mismo Quién nos salvó en Cristo Jesús, de manera que si nos hemos de gloriar en algo, gloriémonos en el Señor, de Quien hemos recibido todas las cosas. La jactancia queda fuera, como está escrito:

Porque ¿quién te distingue? ¿O qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿Por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?

1 Corintios 4:7

A muchos les gustaría jactarse de lo buenos que son, de las buenas obras que hacen, de la justicia que, se supone, poseen, pero al hacerlo se ponen ellos mismos lejos de la salvación, pues Cristo no vino a salvar a justos, sino a pecadores (Lucas 5:32), y mientras estos no vean la realidad, es decir, que son unos pecadores bajo la ira de Dios en constante peligro de caer en Sus manos y recibir el castigo del infierno y que no hay obra alguna que puedan presentar frente a Él a fin de que les salve, entonces no irán a Cristo en busca de la redención. Esta es la verdadera labor de la Ley: Mostrarnos que somos unos pecadores y que necesitamos ir a Cristo para ser salvos (Romanos 3:20; Gálatas 3:19-24), es decir, poner frente a nosotros la realidad de que no podemos ser salvos por nuestras obras y, por lo tanto, no tenemos nada de que gloriarnos.

En conclusión, cuando Pablo nos dice que la salvación “no (es) por obras, para que nadie se gloríe”, quiere decir que no hay nada en nosotros mismos que podamos hacer a fin de ser salvos y, por lo tanto, no tenemos motivo alguno en nosotros mismos para jactarnos en cuanto a nuestra salvación. Las “obras” son todas aquellas cosas hechas o producidas por el hombre, y Pablo tiene en mente de manera específica las obras de la Ley, si bien todo otro tipo de obra humana que pueda ser usada como fundamento de la salvación está incluida en la afirmación, de otra forma no tendría sentido que Pablo dijese que la salvación “no (es) por obras, para que nadie se gloríe”. La Ley nos exige obediencia perfecta, y debido a que somos pecadores, ninguno de nosotros puede llenar esa condición, de manera que no hay obra que nos recomiende frente a Dios y estamos a merced de Su Gracia y misericordia, la cual nos es ofrecida en Cristo. Aquellos que quieran abrazar algo de justicia en ellos mismos se alejan inevitablemente de la Gracia de Dios, a menos que renuncien a todo esfuerzo por establecer su propia justicia y reciban con fe la de Jesucristo.

Continuará…

Palabras de Juan Calvino Sobre el Axioma del Cristiano: “La Biblia es la Palabra de Dios”

En estos tiempos donde los Cristianos tenemos la mala costumbre de esperar que las ciencias confirmen la Palabra de Dios (cuando lógicamente debiera ser al revés), haríamos bien en escuchar las palabras de Juan Calvino. Para mi cumpleaños adquirí su ‘Comentario a la Epístola a los Hebreos’, y comentando sobre Hebreos 6:18 dice lo siguiente que me llamó mucho la atención:

‘Tanto lo que Dios dice como lo que jura es inmutable (Salmo 12:6; Números 23:19). Puede ser que con los hombres no sea así, porque su vanidad es tal que no puede haber mucha firmeza en lo que hablan. Pero la palabra de Dios es afirmada en diferentes formas; es pura y completamente libre de escorias, como el oro siete veces purificado. Aún Balaam, siendo enemigo, fue constreñido a dar este testimonio: “Dios no es hombre, para que mienta; ni hijo de hombre, para que se arrepienta: Él dijo ¿Y no hará? Habló ¿Y no lo ejecutará?” (Números 23:19). La palabra de Dios, entonces, es una verdad segura y autoritativa en sí misma, (autopistos, auto-digna de confianza).’ (Juan Calvino, Comentario a la Epístola a los Hebreos, pag. 133-134)

Entonces, ¿A quién le vamos a creer: a la Palabra de Dios o a las ciencias o cualquier otra cosa que esperemos que la confirme? Nuestra fe no puede depender de lo que otras fuentes digan de la Palabra de Dios. Estoy seguro de que existen muchos hermanos cuya fe se tambalea porque en sus mentes piensan que las ciencias son fuentes confiables de veracidad, y cuando éstas supuestamente contradicen a las Escrituras, entonces tiemblan y se retuercen debido a la incredulidad. Hermanos, antes sea Dios veraz y todo hombre mentiroso: Si la ciencia o cualquier otra fuente contradice la Escritura, entonces es aquella fuente la que debe revisar sus interpretaciones, no la Biblia. Es la Palabra de Dios la que debe juzgar al mundo y lo que en este haya, no al revés.

Que Dios les bendiga…¡Y no seamos hombres de poca fe!

Un Comentario y Una Exhortación Frente a las Próximas Elecciones Presidenciales

¿Por qué se amotinan las gentes, Y los pueblos piensan cosas vanas? Se levantarán los reyes de la tierra, Y príncipes consultarán unidos contra Jehová y contra su ungido, diciendo: Rompamos sus ligaduras, Y echemos de nosotros sus cuerdas.

El que mora en los cielos se reirá; El Señor se burlará de ellos. Luego hablará a ellos en su furor, Y los turbará con su ira. Pero yo he puesto mi rey Sobre Sion, mi santo monte.

Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: Mi hijo eres tú; Yo te engendré hoy. Pídeme, y te daré por herencia las naciones, Y como posesión tuya los confines de la tierra. Los quebrantarás con vara de hierro; Como vasija de alfarero los desmenuzarás.

Ahora, pues, oh reyes, sed prudentes; Admitid amonestación, jueces de la tierra. Servid a Jehová con temor, Y alegraos con temblor. Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; Pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los que en él confían.

Salmo 2:1-12

Haré un paréntesis en el tema que estoy tratando actualmente para comentar sobre un asunto que ha llamado mi atención últimamente. No soy un erudito en política, sin embargo pienso que no por eso no puedo presentar un punto de vista Bíblico al respecto, esperando en alguna forma edificarnos como pueblo de Dios y glorificar al Único Soberano y Rey, el Señor Jesucristo.

Se acerca época de elecciones en Chile y actualmente son tres los candidatos más fuertes que hay para ocupar el sillón presidencial: Sebastián Piñera, Eduardo Frei y Marco Enriquez-Ominami. Estos tres candidatos han batallado una guerra de votos, cuya característica principal tiene mucho en común con el marketing: Se ofrece un producto que deje contento al consumidor, y éste compra el producto mediante su voto. Esto se nota de manera clara en temas controvertidos actualmente, como lo son el tema de la píldora del día después y la legislación de las uniones homosexuales.

De Enriquez-Ominami no me sorprende en absoluto su posición con respecto a estos temas debido a su tendencia política de Izquierda. De hecho, pienso que de los tres es el más consecuente (ojo, consecuente, no la mejor opción…¡para nada!) con su posición, en donde los principios éticos son adaptables y mudables de acuerdo a los propósitos personales. Pienso que de los tres él es el que más cómodo se siente en su posición, pues la sociedad actual que aboga por la tolerancia y el respeto de todas las posiciones poco se interesa en la verdad y en la ética…a menos que afecte sus propios intereses.

Puedo digerir un poco más esta tendencia en Frei, pero el que realmente me sorprendió fue Piñera. Él, que se confiesa Católico, ha vendido principios que se supone que sostiene debido a su Catolicismo, cediendo ante la pérdida de popularidad y la opinión pública al mostrarse inclinado positivamente a estas opciones. De esta manera, se gana la confianza de los pobres y discriminados homosexuales y las féminas locas que luchan por un supuesto derecho a elegir, cuyo fundamento no es racional e inteligente, sino impío, egoísta, y francamente estúpido.

De los tres, estos dos últimos me parecen los más patéticos. Si los comparara con algo, lo único que se me viene a la mente es una mezcla entre un payaso y uno de estos vendedores televisivos que salen a las tantas de la mañana. Es demasiado evidente la tendencia a agradar al pueblo en lo que pida antes que entregarle lo que realmente necesita: Un líder fuerte, firme y temeroso de Dios.

El Salmo que he citado dice algo bastante importante que si estos candidatos a la presidencia supieran no serian tan necios: “¿Por qué se amotinan las gentes, Y los pueblos piensan cosas vanas?” Chile es una nación pagana gobernada por dirigentes paganos, y eso es algo que como creyentes no debemos olvidar. Debido a esto, la gran mayoría de la población no tiene idea del Dios que se supone su venerada iglesia Católica les ha enseñado. La gran mayoría de chilenos que viven en este país se caracterizan por pensar “cosas vanas”. El pueblo piensa, si es que se le puede llamar a eso pensar, cosas sin valor y altamente caracterizadas por la corrupción innata que todo hombre ha heredado de Adán. Entonces, querer agradar a un pueblo así es realmente estúpido, pues la única forma de agradarle es satisfaciendo sus deseos corruptos. Pero estos mismos gobernantes forman parte de esta gran mayoría incrédula, y con cada paso que dan solamente demuestran que quieren “(romper) sus ligaduras, y (echar) de (ellos) sus cuerdas”. Cada decisión que toman demuestra el odio que sienten hacia el Dios que menosprecian.

Sin embargo, esto es solo el preámbulo al desastre, pues me siento inclinado a pensar que lo que viene a futuro para Chile será peor, especialmente para nosotros los creyentes. Por supuesto, estas cosas que hacen los impíos a Dios no le afectan en lo más mínimo, pero incitan Su ira. Escrito está: “Y como ellos no aprobaron tener en cuenta a Dios, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer cosas que no convienen” (Romanos 1:28), de manera que el problema principal no es tanto el que se haya aprobado la ley sobre la píldora o que se quieran legislar las uniones homosexuales, sino que Dios está abandonando nuestra nación. Estos dos temas actuales solo son síntomas de lo siguiente: Dios está entregando al pueblo a la necedad de sus pensamientos. Y esto es solo el principio, pues de la píldora al aborto legal y de la legislación de las uniones gays al matrimonio homosexual solo estamos a un paso…y esto no será lo peor. Luego de que todo esto acontezca, la ira de Dios se sentirá con todo Su furor sobre nuestro pueblo, quizás sobre aquellos que nos sucedan, nuestros hijos y nietos, como está escrito: “El que mora en los cielos se reirá; El Señor se burlará de ellos. Luego hablará a ellos en su furor, Y los turbará con su ira”.

¿Qué hacer ante esto? Como creyentes, debemos recordar que Aquel que llevará a cabo el juicio de Dios será nuestro Señor y Salvador Jesucristo (Salmo 2:6-9), por lo tanto, hemos de apelar a Él, para que “en la ira (se acuerde) de la misericordia” (Habacuc 3:2) y quiera extender Su Gracia a Su pueblo, fortaleciéndonos desde ahora para los tiempos que vendrán. Debemos también interceder por nuestros gobernantes y por aquellos que quieren gobernar nuestro país, por si en una de esas Dios extiende Su Gracia y redime a alguno de ellos, lo levante a la cabeza de Chile y vengan tiempos buenos.

Nuestro deber como peregrinos en este mundo y como pueblo de Dios es el siguiente: A los ministros del Evangelio y a aquellos que tenemos, por la sola Gracia de Dios, más dominio de Su Palabra, nos toca alimentar a las ovejas con el pan de la Palabra de Dios de manera persistente, perseverante, clara, convincente, etc. siendo fieles a Aquel que ha confiado Su depósito en nosotros, entregando el mensaje sin adulterar, tal cual una vez fue entregado a los santos. Y no solo eso, sino que debemos entrar con violencia en el mundo y atacar con lo mejor que tenemos: La verdad de Dios expresada en Su Palabra, para que de alguna forma salvemos a alguno. Para esto, debemos alimentarnos nosotros mismos de la Palabra de Dios, pidiendo la asistencia del Espíritu y confiando en Jesucristo, nuestro Maestro.

A nosotros como pueblo nos toca llevar las Buenas Nuevas al mundo, el Evangelio del Señor Jesucristo. Debemos entregar el mensaje con claridad y fuerza en el Espíritu, tal cual está expresado en las Escrituras: Que Jesucristo, nuestro Señor, por amor murió por nuestros pecados, fue sepultado y al tercer día resucitó para nuestra justificación, y que todo aquel que crea en Él será salvo y tendrá vida eterna, la dicha de conocer al Dios vivo; y aquel que no crea en Él será condenado, y deberá pagar él mismo con el infierno eterno la deuda que tiene frente a Dios y a Su Ley por sus pecados.

También, nos toca alimentarnos de la Palabra de manera abundante e interceder unánimemente ante el Trono de Gracia para que Dios extienda Su mano poderosa y nos conceda el favor de glorificarle, pues en tiempos donde la oscuridad es más densa la luz brilla con más fuerza. Tiempos como éstos no los debemos desaprovechar, pues es ahora que podemos glorificar a nuestro Dios y a nuestro Rey, Señor y Salvador Jesucristo de manera más abundante y extraordinaria.

Frente a las elecciones, el pensamiento que propongo que tengamos no es por elegir al mejor de los tres, sino al menos malo. Ninguna de las tres opciones es para nada buena, pero estoy seguro que una de ellas será la menos mala, y es preferible esa que ninguna. Personalmente, yo votaría nulo, pero si algo podemos hacer es entregar nuestro voto a aquel que quizás no haga tantas locuras, pues no debemos dejar que el pueblo de pensamientos vanos se salga con la suya. También, debemos orar por esa opción a fin de que Dios, que tiene los corazones en Sus manos, dirija el corazón de esta persona para nuestro bien y para Su Gloria.

A nuestros gobernantes y también a aquellos que buscan el sillón presidencial les haría bien seguir el consejo del salmista: “Ahora, pues, oh reyes, sed prudentes; Admitid amonestación, jueces de la tierra. Servid a Jehová con temor, Y alegraos con temblor. Honrad al Hijo, para que no se enoje, y perezcáis en el camino; Pues se inflama de pronto su ira. Bienaventurados todos los que en él confían”. Si no lo hacen, el mismo Hijo de Dios levantará Su vara en juicio para castigar a este país por sus pecados, y cuando lo haga no tendrá misericordia. Es ahora que deben confiar en Él y entregarle el mando y las riendas de nuestro pueblo. Él nos guiará como Pastor, y vendrán tiempos de refrigerio.

Hermanos, se vienen tiempos difíciles, pero nosotros somos más que vencedores por medio de Aquel que venció en la cruz por nosotros, nuestro Señor Jesucristo. Bienaventurados somos si confiamos en Él. Que al Rey Jesús sea la Gloria por toda la eternidad, de ahora y para siempre, AMÉN.

Todo por Nada: La Gracia Soberana de Dios en la Salvación. Interpretación y Exposición de Efesios 2:8-10 (Parte Nº5b).

5b.- Luego de informarnos que la fe “no (es) de (n)osotros”, es decir, no es causada por nuestra propia voluntad, implicando con esto la imposibilidad del hombre natural para creer, el Apóstol procede a informarnos sobre la causa u origen de la fe salvadora: “…pues es don de Dios…”. Pablo nos dice con esto que la fe es causada o producida en nuestras mentes por Dios. Es Dios Quién lleva al pecador elegido a creer en Jesucristo para salvación, y aparte de Su iniciativa y obra nadie puede creer en el Evangelio. Entonces, podemos decir que la fe es causada por el poder y la voluntad Soberana de Dios.

La fe en Jesucristo es un “don de Dios”, es decir, producto de Su Gracia para con el pecador elegido. La fe no es obtenida por mérito alguno en el pecador, pues no hay nada en el pecador que amerite que Dios le conceda cualquier cosa o que mueva a Dios a premiarle con algo, sino que Dios la concede de manera gratuita a quien Él haya elegido para recibir tal don, independientemente del estado miserable de aquel que lo reciba. Lucas nos dice lo siguiente en su relato de los viajes de Apolos:

Y queriendo él pasar a Acaya, los hermanos le animaron, y escribieron a los discípulos que le recibiesen; y llegado él allá, fue de gran provecho a los que por la gracia habían creído.

Hechos 18:27

Claramente se nos dice aquí que aquellos que “habían creído” en el mensaje del Evangelio, lo hicieron “por la Gracia”. La Gracia de Dios fue la causa de que ellos creyeran en Jesucristo para salvación. La fe les fue concedida de manera gratuita por la voluntad Soberana de Dios, fundamentada en Su amor y de acuerdo a Su propósito. Como la Gracia de Dios es particular, cuyo objeto es el individuo y no el conjunto, entonces podemos decir que solo aquellos a quienes Dios “por la Gracia” les concedió la fe creyeron, y aquellos a quienes Dios no les concedió este don “por la Gracia”, no creyeron.

Pablo dijo a los Filipenses lo siguiente:

Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo, no sólo que creáis en él, sino también que padezcáis por él.

Filipenses 1:29

Dios les concedió a los pecadores elegidos, a fin de glorificar y promover a Cristo, fe en el Evangelio. La fe les fue concedida como un don de Gracia, de manera totalmente inmerecida. Entonces, la fe tiene como causa la Gracia de Dios, y no la voluntad del hombre.

Es bastante claro a la luz de estos vs. que la fe es producto de la voluntad de Dios y Su poder aplicado a la mente del elegido. El hombre no es libre para creer en Jesucristo a voluntad, sino que su salvación completa, incluyendo la fe que necesita para ser salvo, está en las manos de Dios.

Jesucristo nos informa claramente que la voluntad de Dios es decisiva en cuanto a quién cree y quién no en los siguientes vs.:

Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera…Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere; y yo le resucitaré en el día postrero… Pero hay algunos de vosotros que no creen. Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que no creían, y quién le había de entregar. Y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.

Juan 6:37,44,64-65

Primero, vamos a aclarar el sentido literal de la expresión “venir a mí” y similares en estos vs.. En los vs. 64-65 Jesucristo dice que algunos de los judíos “no creían” en Él, y que por eso les había dicho que “ninguno puede (ir) a (Cristo), si no le fuere dado del Padre”. Entonces, de esto concluimos que, a la luz de estos pasajes, el ir a Cristo equivale a creer en Él.

Para empezar, Jesucristo dice: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí…”. Aquí expresa la seguridad de que aquello que Dios Padre le da, irá a Él de manera infalible. Aquellos que Dios Padre ha elegido para salvación en Jesucristo, a su tiempo creerán en Él de manera inevitable.

Sin embargo, Dios Padre no lleva a todos a Jesucristo, como está escrito: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trajere… ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre”. En otras palabras, si Dios no concede fe en Jesucristo como don de Gracia, no es posible creer en Él. Aquellos que no creen en Dios para salvación no lo hacen porque el mismo Dios no les ha dado fe para creer; por lo tanto, incluso aquellos que no creen en realidad están obedeciendo la voluntad de Dios con respecto al camino que Él ha decretado para ellos. Pueden gloriarse de que no son unos crédulos, de que sus inteligencias son superiores a las de los pobres creyentes, pero finalmente están en las manos de Aquel de Quien se dice que “de quien quiere, tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece” (Romanos 9:18).

De lo anterior también se desprende que el hombre no es libre de Dios en ningún sentido. El hombre tiene voluntad, pero esta voluntad no es libre de Dios, sino que se dirige hacia donde Dios la inclina (Proverbios 21:1). Entonces, no existe tal cosa conocida como libre albedrío, pues es Dios Quien inclina la voluntad del hombre y le lleva a creer en Jesucristo, y no es el hombre mismo quien de su voluntad decide creer y ser salvo.

Dios es el Rey Soberano, y el hombre está bajo Su completo control. Esta verdad debiese traer humildad y confianza a nuestros corazones, sabiendo que Dios tiene en Sus manos las riendas de todas las cosas, incluyendo las malas. Además, a aquellos que hemos creído, esto debiese movernos al amor a Dios y al agradecimiento por habernos concedido la fe, y al temor de Dios, Quién “produce (en nosotros) así el querer como el hacer, por su buena voluntad” (Filipenses 2:12-13). Al no creyente, esto debiera producir terror en su corazón, porque por más que quiera no pueden huir de Dios, sino que está en Sus manos y en cualquier momento puede llamarle a juicio por sus pecados. Y, si Dios así lo quiere, quizás este terror le lleve a implorar a Jesucristo que le salve, llevando un alma más al Reino del Hijo de Dios.

Bien, hasta ahora hemos establecido dos cosas: Que la fe es un don de Gracia de Dios y que Dios concede la fe a quien Él quiere. Dios, por Gracia, nos ha llevado a los creyentes a creer en Jesucristo para salvación, y esto nos sirve para definir el siguiente punto: el objeto de la fe salvadora.

Anteriormente dijimos que la fe natural y la fe salvadora se diferencian en su objeto, y no en su constitución psicológica. Además, dijimos que el objeto de la fe salvadora son todas las proposiciones de las Escrituras, específicamente aquellas con respecto a la persona y obra de Jesucristo por nosotros, es decir, el Evangelio. También mencionamos que no toda proposición en las Escrituras, por ejemplo el monoteísmo (Santiago 2:19), es salvadora, sino aquellas que tratan específicamente con el Evangelio. Lo anterior no implica que aquellas proposiciones no salvadoras no estén implícitas en el Evangelio, sino que el creer en esas proposiciones sin creer en el Evangelio no salvará a nadie.

Pues bien, vamos a definir, entonces, en qué consiste el Evangelio. Esto es de vital importancia, porque Pablo nos dice que el Evangelio “es poder de Dios para salvación a todo aquel que cree” (Romanos 1:16). Dios nos salva a través del Evangelio, pues en éste reside Su poder para salvar “a todo aquel que cree” en él. Tener una visión distorsionada del Evangelio puede ser de vida o muerte, mientras que tener una visión clara de él nos permitirá distinguir el verdadero de sus imitaciones fraudulentas, las cuales están bajo el anatema Divino (Gálatas 1:6-9).

Pablo mismo nos define claramente en qué consiste el Evangelio, la buena nueva, de Jesucristo:

Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano. Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras.

1 Corintios 15:1-4

Entonces, el Evangelio se trata de la obra de Jesucristo en nuestro lugar. El Evangelio es la muerte de Jesucristo por nuestros pecados, Su sepultura por tres días y Su resurrección para nuestra justificación, todo esto conforme a lo escrito anteriormente por los profetas en las Escrituras (Romanos 1:1-4). El Evangelio consiste en proposiciones que hablan de un suceso histórico ocurrido hace aproximadamente 2000 años, con respecto a la obra de Jesucristo. El Evangelio no consiste en mandamientos; el Evangelio tampoco consiste en la obra de Dios en nosotros por medio de Su Espíritu Santo, sino que consiste en hechos históricos objetivos con repercusiones espirituales. El Evangelio consiste en la obra de Dios por nosotros, fuera de nosotros, en Jesucristo.

Dios Padre, a fin de ser el justo y el que justifica al impío (Romanos 3:26), decidió castigar la culpa de los creyentes en Su Hijo Jesucristo, Quién se sometió voluntariamente a este castigo por amor al Padre y a los elegidos, de manera que la deuda que teníamos con la Ley de Dios fue totalmente pagada con la muerte del Hijo de Dios. Esto tuvo que ser así porque por causa de nuestros pecados, la Ley nos condenaba a muerte eterna (Romanos 6:23; Gálatas 3:10), y si Dios perdonaba al pecador sin satisfacer la deuda de éste con Su Ley estaría negando y menospreciando Su propia justicia, y no seria entonces el Justo. Por lo tanto, el Hijo pagó aquella deuda en cuerpo y alma como sustituto del pecador creyente, satisfaciendo la Ley y glorificando la justicia de Dios (Isaías 53:4-6,8,10-11; Romanos 3:31).

A su vez, (debido a que somos pecadores y por esto no tenemos derecho a las bendiciones de la Ley aunque nuestros pecados fueran saldados) el Hijo de Dios cumplió perfecta y continuamente todas las exigencias de la Ley en nuestro lugar, de manera que así como nuestros pecados fueron cargados (la palabra técnica es imputados) sobre Él, Su justicia perfecta fue cargada sobre nosotros (Romanos 3:21-26; 4:6-8; 5:19; Zacarías 3:1-5), así que frente a la Ley de Dios somos perfectamente justos y limpios, no por causa de nuestra justicia propia, sino por la de Jesucristo, la cual fue confirmada por Su resurrección (Romanos 4:22-25). Esta doctrina tiene por nombre la doctrina de la Justificación.

Entonces, Dios nos ofrece perdón por nuestros pecados y justicia perfecta de manera gratuita en Jesucristo. ¿Cuál debe ser nuestra reacción con respecto a esta buena nueva? 1 Corintios 15:1-2 nos da la respuesta: Debemos creer en Él. Las expresiones “recibisteis” y “retenéis la palabra” son equivalentes a creer. Debemos creer en el Evangelio, en la persona y obra de Jesucristo en nuestro lugar, para ser salvos. Aquel que cree en esto será salvo y aquel que no ya está condenado y la ira de Dios está sobre Él (Juan 3:18,36). ¿Crees esto? ¿Crees que Jesucristo, el Hijo de Dios, murió por tus propios pecados, fue sepultado y resucitó al tercer día por nuestra justificación? ¿Crees que eres un pecador merecedor de la ira de Dios y que tu única esperanza es lo que Jesucristo hizo por ti? Si crees esto, entonces Dios ha tenido misericordia de ti y te ha concedido fe en Su bendito Hijo Jesucristo. ¡Gloria a Dios! ¿Cómo no amarle con todo nuestro ser por lo que ha hecho por nosotros? ¿Cómo no amar a Jesucristo y entregar nuestras vidas a Su servicio?

En resumen, la fe en Jesucristo no es causada por nuestra voluntad, sino que nos es concedida como don de Gracia y obrada en nosotros por el poder de Dios. A su vez, Dios concede el don de la fe de acuerdo a Su Soberana voluntad, de manera que aquellos que no creen no lo hacen porque Dios no les ha concedido el creer. Aquello que Dios nos concede que creamos es el Evangelio, que consiste en la persona y obra de Jesucristo por nosotros. El Evangelio es la muerte de Jesucristo por nuestros pecados, Su sepultura y resurrección al tercer día por nuestra justificación.

Continuará…

Todo por Nada: La Gracia Soberana de Dios en la Salvación. Interpretación y Exposición de Efesios 2:8-10 (Parte Nº5a).

5a.- En el artículo anterior vimos que Pablo hace referencia al medio instrumental de la salvación cuando nos dice que “…por Gracia sois salvos por medio de la fe”. Analizamos el concepto de fe en sí mismo, la fe salvadora en contraste con la fe común y también nos detuvimos brevemente en el objeto de ésta. Sin embargo, Pablo no se detiene allí, sino que procede a escribirnos sobre el origen o causa de la fe salvadora, así como también de la imposibilidad del hombre natural para creer: “…y esto no de vosotros, pues es don de Dios”.

Antes de proseguir, trataremos brevemente una dificultad gramatical que los teólogos ven en este pasaje. El asunto consiste en definir si la palabra “esto” se refiere a la “fe” o al proceso completo de la salvación. La dificultad, según algunos teólogos, reside en que mientras la palabra “esto” en griego es neutra, la palabra “fe” es femenina. Comentando al respecto, Vincent Cheung dice que ‘esta discusión es importante por lo menos porque algunos Arminianos toman ventaja de este desacuerdo para afirmar que la fe no es algo que nos es dado por Dios de manera soberana, sino que es algo que decidimos tener por nuestra propia libre voluntad’. Pues bien, Vincent ofrece al menos cuatro razones de porqué este pasaje no ayuda a los Arminianos, así como también porqué la palabra “esto” se refiere a la “fe”. De las cuatro razones, la tercera me parece interesante:

Tercero, aparte de un argumento gramatical, hay razón para creer que “esto” se refiere a la “fe” en el vs. 8. Nuevamente, el vs. dice, “Porque por Gracia ustedes han sido salvados mediante la fe; esto no procede de ustedes, sino que es el regalo de Dios” (NVI). Debido a que la “Gracia” divina en la salvación es por definición algo que Dios da y ejerce, y no es para nada algo producido o ejercido por nosotros, parecería redundante e innecesario decir que la “Gracia… no procede de ustedes”.

Por otra parte, debido a que la fe es algo que sucede en nuestras mentes en vez de en la mente de Dios, es mucho más fácil errar en cuanto a ésta como si fuese producto de nuestra propia voluntad y poder, pensando que tenemos fe porque decidimos creer por nuestra propia ‘libre voluntad’. Debido a que el hombre pecador tiende a pensar que la fe es un producto de su propia voluntad, pero puesto que, de hecho, la fe es un don de Dios, tiene sentido para el Apóstol clarificar esto aquí, para que no pensemos erróneamente que la Gracia viene de Dios (que, nuevamente, es verdad por definición), pero que la fe proviene de nosotros. (Vincent Cheung, Commentary on Ephesians, pag. 71-73, aquí, énfasis míos)

Quisiera agregar personalmente que aun si la palabra “esto” se refiriese a todo el proceso de salvación en Efesios 2:8 y no a la “fe” de manera específica (cosa que niego absolutamente), seguiría siendo irrelevante, puesto que hay otros pasajes que de manera explícita o implícita nos dejan claro que incluso la “fe” es un “don de Dios” dado a Sus elegidos solamente “por Gracia”. Estos pasajes serán analizados más adelante.

En las mismas páginas citadas podrán leer las otras razones que Vincent ofrece con respecto a la posición de que la palabra “esto” se refiere a la “fe”. Debido a que es esta la posición que sostengo firmemente, en lo que sigue procederé bajo esta asunción.

El Apóstol nos dice “…y esto no de vosotros…” con referencia a la fe salvadora. Si bien el Apóstol hace explicito en lo que sigue el porqué la fe no es causada en última instancia por nosotros mismos, podemos también establecer otros motivos Bíblicos del porque la fe salvadora no puede ser producida por nosotros mismos. Al principio de este mismo capítulo de Efesios, Pablo nos dice: “estabais muertos en…delitos y pecados…siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira…” (Efesios 2:1-3). En estos vs. se deja bastante claro el estado deplorable y miserable en que se encuentra el incrédulo.

Con la frase “muertos…en delitos y pecados”, Pablo nos informa del estado espiritual del incrédulo (“muertos”), por el cual es totalmente insensible a cualquier influencia espiritual positiva y natural que le mueva a buscar a Dios de manera correcta. Este estado espiritual miserable se mueve en la esfera de y se expresa en “delitos y pecados”, es decir, el fruto de este estado es todo tipo de transgresiones a la Ley de Dios, lo que en consecuencia transforma al hombre “muerto en…delitos y pecados” en un “hijo de ira” “por naturaleza”.

No solo eso, sino que en este estado, el hombre natural es esclavo del mundo (“…siguiendo la corriente de este mundo…”), del diablo (“…conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia…”) y de la carne (“…entre los cuales también…vivimos…en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos…”); es decir, el hombre natural se mueve y piensa totalmente influenciado y controlado por estos males abominables, y hace con agrado lo que ellos dictan que haga. Entonces, debido a esto, es imposible que el hombre natural en este estado pueda tener fe salvadora en Dios y, de hecho, no solo no puede, sino que no quiere, como está escrito en los siguientes vs.:

Y esta es la condenación: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Porque todo aquel que hace lo malo, aborrece la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprendidas.

Juan 3:19-20

Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden.

Romanos 8:7

Entonces, el hombre natural no es una pobre víctima involuntaria del pecado, sino que es un enemigo declarado de Dios, cuya naturaleza depravada por el pecado busca de cualquier forma suprimir a Dios de sus pensamientos y hacer aquello que satisfaga sus deseos y propósitos impíos, además de establecer sus propias reglas, fundamentos y verdades sin tomar en cuenta la voluntad revelada de Dios. En esto no nos debemos dejar engañar (Juan 7:24): incluso la incrédula ama de casa que se preocupa diligentemente de su hogar, de su esposo y de sus hijos, que sonríe amablemente a los extraños y extiende su mano para ayudar al necesitado, debido a su incredulidad, está muerta en delitos y pecados, y todas sus obras aparentemente buenas son pecado a los ojos de Dios, pues ya desde la raíz están podridas, como está escrito: “…(el) pensamiento de (los) impíos (es) pecado.” (Proverbios 21:4).

Como vimos en la entrada anterior, es necesario el entendimiento y el asentimiento de la Palabra revelada de Dios para que recién podamos decir que existe fe salvadora. Sin embargo, en el hombre natural lo primero es totalmente imperfecto y, en su defecto, totalmente distorsionado, lo que torna imposible lo segundo, como está escrito:

Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.

Juan 3:3

El Señor nos dice que el hombre natural, aquel que “no (ha nacido) de nuevo”, es decir, que no ha sido Regenerado por Dios (Juan 1:13), “no puede ver el reino de Dios”. La palabra “ver” aquí es usada en sentido intelectual, es decir, se refiere al entendimiento, a la mente. Aquel que “no (ha nacido) de nuevo” no puede entender las cosas referentes al “reino de Dios”, y si no las puede entender mucho menos podrá asentirlas, es decir, tener fe en ellas. Debido a esto, como no puede tener fe en ellas, “no puede entrar en el reino de Dios” (Juan 3:5). Pablo nos dice referente a esto lo siguiente:

Pero el hombre natural no percibe las cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender, porque se han de discernir espiritualmente.

1 Corintios 2:14

Para el hombre natural, el percibir y entender las cosas de Dios son imposibles, puesto que “para él son locura”. Quizás llegue a entender algo del Evangelio, pero como no se ajusta a su visión de las cosas y a sus propias convicciones injustificadas, además de que expone claramente su rebelión, no lo apreciará como tal, sino que distorsionará de tal manera el mensaje que le será imposible tener fe en él. Dirá que es un mito, que es injusto, que es innecesario, que no es pecador sino una buena persona, que puede ganarse su pedacito de cielo con las cosas buenas que hace, que es mentira, que es palabra de hombres, y quizás (en el peor de los casos) hasta diga que es diabólico, entre otras excusas impías para no creer en el Evangelio del Salvador, pero es de esperarse que sea así debido al estado de muerte y esclavitud totales en que se encuentra.

No solo el pecador es responsable de esto, sino que Satanás y sus huestes también hacen su parte, como está escrito:

Pero si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; en los cuales el dios de este siglo cegó el entendimiento de los incrédulos, para que no les resplandezca la luz del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios.

2 Corintios 4:4-5

De manera que el pecador rehúsa asentir al mensaje del Evangelio, y Satanás le ayuda “(cegándole) el entendimiento” para que no conozca y crea en el Evangelio, pues “cuando alguno oye la palabra del reino y no la entiende, viene el malo, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón” (Mateo 13:19).

En fin, es debido a esto que nuestro Señor y Salvador les dijo a los que de manera superficial le seguían lo siguiente:

¿Por qué no entendéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra.

Juan 8:43

Las palabras de Jesús estaban veladas al entendimiento de aquellos que le escuchaban (2 Corintios 3:14-15). Jesús es de arriba, y su lenguaje y palabras son las palabras de arriba, celestiales, de Dios (Juan 3:34). Puesto que el hombre natural es de abajo, solamente piensa y habla aquello que es de abajo, terrenal, animal, diabólico (Santiago 3:15), pues su entendimiento no solo tiene un velo a las cosas de Dios, sino que está totalmente corrompido. Debido a esto, el hombre natural no puede entender aquel mensaje que viene de arriba, de Dios, por medio de Jesucristo (Juan 3:12,31-32).

A la luz de esto, se hace claro el porqué la labor más importante de la Iglesia es la predicación y enseñanza de la Palabra de Dios. Hemos de sembrar la Palabra (Marcos 4:14) en las mentes de aquellos que nos oyen, y debemos hacerlo de manera perseverante, clara y firme (2 Timoteo 4:1-2), cuidando de trazar bien la Palabra de Dios (2 Timoteo 2:15), pues solo es mediante la Palabra implantada en nuestros corazones que somos salvos (Santiago 1:21). El ministerio de la Palabra de Dios es el ministerio más importante de la Iglesia.

En resumen, el hombre natural, incrédulo, no puede producir fe salvadora por sí mismo. Su estado de muerte espiritual y esclavitud al pecado, al mundo y a Satanás le alejan de manera inexorablemente de las cosas de Dios, y debido a esto no puede entender, y mucho menos asentir, al mensaje del Evangelio; es decir, no puede tener fe salvadora.

Continuará…

Todo por Nada: La Gracia Soberana de Dios en la Salvación. Interpretación y Exposición de Efesios 2:8-10 (Parte Nº4).

4.- Luego de afirmar que la salvación es por Gracia de Dios (“Porque por Gracia sois salvos…”), implicando con esto la causa eficaz y el alcance de la Gracia en la salvación que Dios efectúa en el pecador elegido, el Apóstol prosigue a informarnos sobre el medio instrumental por el cual Dios aplica la salvación en el hombre, y por el cual el hombre recibe la Gracia de Dios: “Porque por gracia sois salvos por medio de la fe”.

La relación entre la Gracia y la fe es tan fuerte e inseparable que el Apóstol dice que la promesa “es por fe, para que sea por gracia” (Romanos 4:16) en contraste con las obras de la Ley. Esto es, debido a que la Gracia es por definición gratuita e incondicional, el medio por el cual ésta debe ser recibida tiene que carecer de mérito alguno que convierta a la Gracia en una suerte de pago a la dignidad del mismo, lo que sería una contradicción de términos. De ahí la insistencia del Apóstol en que las obras de la Ley y la Gracia de Dios son sistemas incompatibles de salvación (Romanos 11:6) y, por lo tanto, sus medios también lo son.

Pues bien, tanto en Efesios 2:8 como en Romanos 4:16 la fe nos es presentada como el medio instrumental perfecto por el cual recibimos la Gracia de Dios. Agregamos a esto que el pasaje nos dice que “por gracia sois salvos por medio de la fe”, es decir, que la fe es el medio y no la causa eficaz o fundamento de la salvación. La fe como medio instrumental sirve para un fin específico: recibir la Gracia de Dios. Así como la mano del mendigo simplemente recibe la moneda del generoso, la fe recibe lo que Dios ofrece por Gracia, reconociendo en esto la indignidad del recipiente y la gratuidad e incondicionalidad de lo ofrecido.

Entonces, podemos concluir de esto que la palabra recibir es una metáfora que se refiere al acto intelectual de creer. En el siguiente vs., lo dicho anteriormente es evidente:

Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.

Juan 1:12

De este vs. entendemos que recibir a Jesucristo es creer en Su Nombre, es decir, creer en lo que las Escrituras nos dicen sobre Él. Entonces, recibir a Jesucristo no es una experiencia mística ni emocional, si bien el recibirle puede producir o no algún tipo de sentimiento. Recibir a Jesucristo es un acto intelectual: Creer, tener fe en Su Nombre.

Hemos dicho que la fe no es una experiencia mística o emocional sino netamente intelectual, relativa a la mente, al intelecto. Sin embargo, esto no nos dice mucho en cuanto a la fe en sí misma, sino sobre la esfera en que ésta existe y se desenvuelve. Por lo tanto, procederemos a definir que es la fe y, específicamente, que es la fe salvadora.

Podemos definir la fe de la siguiente manera: fe es asentir intelectualmente a proposiciones entendidas. En esta definición podemos distinguir dos componentes esenciales: el aspecto psicológico de la fe y el objeto de la fe. Ambos aspectos están claramente implícitos (y, por lo tanto, la definición también lo está) en la clásica descripción Bíblica de la fe encontrada en el siguiente vs.:

Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

Hebreos 11:1

Las palabras “certeza” y “convicción” se refieren al aspecto psicológico de la fe, mientras que las expresiones “lo que se espera” y “lo que no se ve” se refieren al objeto de la fe, aquello que la fe abraza o recibe.

Con respecto al aspecto psicológico de la fe, generalmente se distinguen tres elementos: notitia (entendimiento), assensus (asentimiento) y fiducia (confianza). Sin embargo, por razones en las que no voy a entrar en detalle, distingo en la fe solo dos elementos de los propuestos: notitia y assensus. Para mayor detalle de los argumentos a favor de mi posición, les remito a los siguientes escritos en The Trinity Foundation (aquí) y a las páginas 191 a la 196 del libro Sistematic Theology de Vincent Cheung (aquí).

El primer elemento de la fe en cuanto a su aspecto psicológico es el entendimiento. La palabra entender significa ‘Tener idea clara de las cosas’ (aquí). Entonces, entender no solo implica el estar concientes del objeto de conocimiento, sino también se debe (haciendo una paráfrasis de la definición) tener una idea clara de aquello que ha de ser conocido. No es posible tener fe en aquello de lo que no se es conciente, ni tampoco en aquello de lo que se es conciente, pero no se comprende. Si no soy conciente, por ejemplo, de la existencia de algo ¿Cómo voy a creerlo? (Romanos 10:14-15) Y si soy conciente por lo menos de la idea, pero no la comprendo ¿Cómo voy a asentirla? (Hechos 8:30-31) De modo que es necesario entender, aunque sea en un nivel básico, aquello que se ha de asentir.

La adquisición de conocimiento y de entendimiento es de vital importancia según las Escrituras. Tanto es así, que se nos dice que “la vida eterna” consiste en conocer al “único Dios verdadero, y a Jesucristo” (Juan 17:3), de modo que la vida eterna consiste en conocimiento entendido y asentido. Dios nos dice lo siguiente con respecto a este asunto:

Así dijo Jehová: No se alabe el sabio en su sabiduría, ni en su valentía se alabe el valiente, ni el rico se alabe en sus riquezas. Mas alábese en esto el que se hubiere de alabar: en entenderme y conocerme, que yo soy Jehová, que hago misericordia, juicio y justicia en la tierra; porque estas cosas quiero, dice Jehová.

Jeremías 9:23-24

Pablo nos llama a perfeccionarnos en cuanto al entendimiento de las cosas de Dios en los siguientes vs.:

No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.

Romanos 12:2

renovaos en el espíritu de vuestra mente

Efesios 4:23

De manera que estamos llamados no solo a entender la Palabra de Dios, sino que debemos perfeccionar nuestro entendimiento de Ella haciendo uso de los medios que Dios nos ha dado, como lo son la lectura y meditación de la Palabra (Salmo 1:1-3) y la oración (Salmo 119:34), entre otros.

Sin embargo, el solo entendimiento del objeto de nuestro conocimiento no constituye la fe; por eso, es necesario asentir aquello que hemos llegado a entender a fin de poder decir que tenemos fe en ello. Asentir es ‘Admitir como cierto o conveniente lo que otra persona ha afirmado o propuesto antes’ (aquí), es decir, confiar y aceptar como verdadero aquello que se ha entendido. Algunos de los pasajes antes citados asumen la existencia de este elemento; sin embargo, es posible entender algo, por ejemplo el Evangelio, sin asentirlo o tenerlo por verdadero, incluso en el ámbito religioso (Isaías 29:13). Ejemplo de esto lo tenemos en el siguiente vs.:

Porque también a nosotros se nos ha anunciado la buena nueva como a ellos; pero no les aprovechó el oír la palabra, por no ir acompañada de fe en los que la oyeron.

Hebreos 4:2

Aquí se nos dice que el pueblo de Israel conoció el Evangelio, es decir, eran concientes de éste y quizás hasta cierto punto lo entendían, pero debido a que no asentían aquello que les fue presentado, entonces no les fue de ningún provecho el conocimiento que poseían. Usando el lenguaje de Hebreos 11:1, el pueblo de Israel carecía de “certeza” y “convicción” en cuanto al Evangelio, y debido a esto, carecía de fe. Eran unos incrédulos, y por eso no recibieron lo prometido (Hebreos 3:16-19).

Ahora bien, la fe en sí misma no tiene sentido o no puede existir sin un objeto que pueda ser abrazado por ésta. La fe cree en algo, y sin ese algo no hay fe. Y he aquí la diferencia entre la fe normal y la fe salvadora: el objeto en que ésta reposa.

La fe salvadora, en cuanto a su constitución psicológica, es igual que la fe normal que cualquier hombre o ángel pueda ejercer. Ambas consisten en los mismos elementos: notitia y assensus. Sin embargo, la fe salvadora adquiere su carácter salvador debido a su objeto. Es del objeto de la fe, y no de la fe en sí misma, todo el mérito en cuanto a la salvación (Hebreos 12:2). Cada vez que la Escritura se refiere a la fe sin referencia a su objeto es porque éste se da por asumido. Entonces, en cuanto a esto, estamos frente a una figura lingüística conocida como metonimia (aquí). Concluimos de esto que la fe en sí misma no es ni el fundamento ni la causa de nuestra salvación. No importa cuan débil sea nuestra fe, si ésta descansa en el objeto correcto entonces es una fe tan salvadora como la del cristiano más fuerte (Lucas 17:6).

El objeto de la fe salvadora es todo lo escrito en las Escrituras, y de manera específica el Evangelio, es decir, la persona y obra de Jesucristo (más sobre esto, aquí). La fe salvadora asiente intelectualmente a todas las proposiciones de las Escrituras, y a medida que las va entendiendo más y más, ésta se hace más y más fuerte y segura.

Sin embargo, queda la pregunta ¿Porqué la fe del cristiano asiente todo lo que está escrito en las Escrituras? La respuesta a esto la tenemos en el siguiente vs.:

Por lo cual también nosotros sin cesar damos gracias a Dios, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual actúa en vosotros los creyentes.

1 Tesalonicenses 2:13

Entonces, el creyente asiente todo lo que está escrito en las Escrituras porque es la Palabra de Dios. La fe del creyente no es un auto-convencimiento subjetivo e irracional que desea que aquello que está escrito sea verdad, sino la certeza segura de que lo escrito allí es verdad porque Dios lo ha dicho. Por consiguiente, la seguridad de nuestra fe proviene de la veracidad garantizada de su objeto (Salmo 119:140; Juan 17:17), y es el producto lógico y racional de entender Quién es Dios: Aquel que es la Verdad y cuyo testimonio es por necesidad lógica verdadero (1 Juan 5:10). Por supuesto, el escéptico y el ateo no se agradarán de esta respuesta, pero dejemos que primero justifiquen racionalmente sus propias posiciones y fundamentos y luego les podremos tomar en serio. Las Escrituras deben ser recibidas por lo que son: la Palabra infalible e inerrante de Dios.

Sin embargo, es posible asentir algunas proposiciones Bíblicas sin tener fe salvadora. Esto es debido a que no toda proposición en la Escritura tiene el poder para salvar que se encuentra en un solo lugar: el Evangelio. Sobre esto trataré en el próximo punto.

En conclusión, el medio perfecto para recibir la Gracia es la fe, pues su carácter mismo consiste en recibir aquello que se ofrece. Recibir es una metáfora de creer; aquel que recibe a Cristo es aquel que cree en Él. Fe es asentir intelectualmente a proposiciones entendidas. Ésta definición comprende dos elementos: el aspecto psicológico de la fe y el objeto de la fe. En cuando al aspecto psicológico de la fe, ésta se constituye de entendimiento y asentimiento. En cuanto al objeto de la fe, son todas las proposiciones de las Escrituras, específicamente lo concerniente a la persona y obra de Jesucristo: el Evangelio. La diferencia entre la fe normal y la salvadora es el objeto de la fe y no la constitución de la misma. Sin embargo, es posible creer algunas proposiciones Bíblicas sin tener fe salvadora.

Continuará…

Todo por Nada: La Gracia Soberana de Dios en la Salvación. Interpretación y Exposición de Efesios 2:8-10 (Parte Nº3).

3.- La primera frase de Efesios 2:8 no solo nos informa de la causa de la salvación, sino también de lo sgte: “Porque por Gracia sois salvos”, es decir, la Gracia abarca todo el proceso de salvación. Pablo no dice que por Gracia somos Regenerados; tampoco dice que por Gracia somos Justificados, sino que “por Gracia sois salvos”. Todo aquello que esté involucrado dentro del proceso completo de salvación es por Gracia de Dios, sea la Regeneración, la Justificación, la fe, las buenas obras, etc.

Que esta es la enseñanza clara de las Escrituras es evidente. Ya en los vs. anteriores a este, Pablo nos lo dice cuando escribe lo sgte:

Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados…Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús.

Efesios 2:1,4-7

Sin que nosotros mereciéramos nada e incluso estando muertos en pecado, de manera que éramos insensibles a toda influencia espiritual y ni siquiera queríamos nada de Dios sino que nos dejara tranquilos, Dios nos dio vida con Cristo. Él comenzó el proceso de salvación, y también es Él Quién se encarga del proceso de preservación de Sus elegidos. Por ejemplo, Jesús dijo lo sgte:

Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera. Porque he descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. Y esta es la voluntad del Padre, el que me envió: Que de todo lo que me diere, no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: Que todo aquél que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna; y yo le resucitaré en el día postrero.

Juan 6:37-40

Tenemos claramente expresada aquí la voluntad del Padre: Que el Hijo no pierda nada de todo lo que se le entregue hasta el momento de la resurrección (vs. 39). Vemos aquí que el Padre mismo lleva al elegido donde el Hijo, el cual le recibe y le garantiza Su cuidado (vs. 37); y como el Hijo hará la voluntad del Padre sin problemas (vs. 38), cumplirá este mandato dándole vida eterna al elegido mediante la fe, que lo preservará hasta la resurrección (vs. 40).

Vemos nuevamente la Gracia de Dios en este pasaje completo, puesto que el Padre es Quién lleva al pecador elegido al Hijo, y el Hijo es Quién preserva al elegido por medio de la fe obrada por el Espíritu Santo (Hechos 2:33; Hebreos 12:2), de manera que de principio a fin, la salvación es completamente llevada a cabo por la Gracia de Dios.

Otro pasaje que habla sobre esto es el sgte:

Mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio, es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.

Juan 10:27-29

Vemos aquí el poder conjunto del Padre y el Hijo unido para la preservación de las ovejas. El Padre las envía al Hijo para que les de vida eterna, con lo que no perecerán jamás. El Padre con el Hijo preservan en Sus manos a las ovejas, de manera que no hay forma de que éstas se pierdan. Y todo esto por Gracia.

Estos pasajes claramente nos indican que la salvación obrada por Dios abarca el proceso completo, el cual de principio a fin es por Gracia.

Si bien la Gracia de Dios para con los que creemos es gratuita y totalmente incondicional, a nuestro Señor Jesucristo le costó la vida, como está escrito: “…la iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre” (Hechos 20:28); de manera que los beneficios de Gracia de los que participamos los elegidos fueron adquiridos para nosotros por nuestro gran Dios y Salvador, Jesucristo, a Quién le debemos la más alta devoción y a Quién debemos servir por amor. Entre los beneficios que el Señor adquirió para nosotros se encuentra la Regeneración:

“…los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios.

Juan 1:13 (cp. con Efesios 2:1,4)

La fe:

…y llegado él allá, fue de gran provecho a los que por la gracia habían creído.

Hechos 18:27

La Justificación:

siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús…

Romanos 3:24

La Santificación:

Mas ahora que habéis sido libertados del pecado y hechos siervos de Dios, tenéis por vuestro fruto la santificación, y como fin, la vida eterna.

Romanos 6:22

Las buenas obras:

No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros, y os he puesto para que vayáis y llevéis fruto, y vuestro fruto permanezca

Juan 15:16 (cp. con Efesios 2:10)

Entre otras cosas. Y todo esto lo tenemos de manera gratuita en Jesucristo, como Pablo dice:

Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención

1 Corintios 1:30

Entonces, podemos concluir que la Gracia de Dios provee al pecador elegido de todo lo que necesita para ser salvo. Dios no solamente asegura el fin, sino también los medios por los cuales el creyente llegará a Su presencia. Gracias a Dios, Jesucristo nos ha ganado todo lo que necesitamos, incluso la fe por la cual recibimos la salvación. Esto es la esencia de lo dicho por Pablo en el sgte. pasaje, una de las joyas relucientes del Nuevo Testamento:

Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.

¿Qué, pues, diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas? ¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo es el que murió; más aun, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros. ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿Tribulación, o angustia, o persecución, o hambre, o desnudez, o peligro, o espada? Como está escrito:

Por causa de ti somos muertos todo el tiempo; Somos contados como ovejas de matadero.

Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es en Cristo Jesús Señor nuestro.

Romanos 8:28-39

Antes de terminar, trataremos un par de asuntos con respecto a este tema. Si la salvación completa es un don de Gracia de Dios para el pecador, entonces ¿Cómo hay algunos que dicen que debemos obrar a fin de ser salvos, o mantenernos salvos, o justificarnos en alguna manera frente a Dios? Pues si nuestro motivo al obrar es cualquiera de estos, entonces estamos haciendo a Dios deudor nuestro, como si nos debiera pagar con la vida eterna debido a nuestros esfuerzos, y ya entonces la Gracia no sería Gracia, pues una Gracia gratuita que debe mantenerse o ganarse no tiene sentido (Romanos 4:4-5; 11:6). Si nuestro motivo al obedecer a Dios es justificarnos frente a Él, mantener la salvación o ayudar a Cristo a salvarnos con nuestras obras, inmediatamente abandonamos la Gracia y nos desligamos de Cristo (Gálatas 2:21). El único motivo válido para obedecer a Dios es el amor por lo que Él hizo por nosotros (Gálatas 5:6), y por Quien Él es: Aquel que merece y exige nuestra obediencia.

Podemos decir otra cosa con respecto a esto. Generalmente se nos acusa a los defensores del Sola Gratia y del Sola Fide que damos licencia para pecar, que hacemos nulas las obras, que no nos importa el arrepentimiento, etc. Sin embargo, si estos personajes entendieran bien que es la salvación y que la salvación completa es por Gracia y voluntad de Dios, entonces no estarían objetándonos nada, pues es esta misma Gracia la que nos concede todo, sea Regeneración, sea fe, sea Justificación, sea Santificación, sea arrepentimiento, sea lo que sea. Aquel que por Gracia ha creído en Jesucristo tiene todas estas cosas, y la vida eterna (Romanos 6:22; 1 Corintios 1:26-31). Por esta razón el Apóstol dice con total confianza “que el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Jesucristo” (Filipenses 1:6).

En conclusión, las palabras de Pablo (“Porque por Gracia sois salvos”) nos dicen que todo aquello que está involucrado en la salvación es por Gracia de Dios. No hay nada en ella que nosotros debamos ganar o mantener (de hecho, ninguno puede ni siquiera hacer eso, Isaías 64:6), pues Jesucristo nos ganó la salvación mediante Su obediencia hasta la cruz, saldando nuestra deuda con la Ley, y ganándonos los beneficios que ésta ofrece al que la obedezca de manera completa, y aún mas. Siendo esto así, entonces no tiene sentido el hacer cualquier cosa motivados por el deseo de ganar algo de Dios o mantener lo que Dios nos ha concedido, sino que debemos recibir por fe lo que Dios nos ha dado gratuitamente y obedecerle por amor, puesto que Él nos amó primero (1 Juan 4:19). ¿Qué mayor seguridad queremos? ¿Cómo no vamos a amar a nuestro Dios? ¿Cómo no vamos a obedecer a nuestro Señor Jesucristo? Nuestra fe es segura en Él, y el que cree en Él tiene vida eterna.

Continuará…

Todo por Nada: La Gracia Soberana de Dios en la Salvación. Interpretación y Exposición de Efesios 2:8-10 (Parte Nº2).

2.- Pablo nos dice: “Porque por Gracia sois salvos…”. Esto hace referencia a la causa eficaz de la salvación. Pablo no dice que las obras, la propia fe, o cualquier cosa en nosotros u obrada por nosotros sea la causa de nuestra salvación, sino que la salvación es causada por la sola Gracia. Podemos decir también que debido a que la salvación es por Gracia, y la Gracia es un atributo de Dios, entonces concluimos que la salvación es causada por Dios mismo, según el beneplácito de Su Soberana voluntad.

Nada en nosotros mismos movió a Dios a salvarnos, puesto que si se considera al hombre pecador en sí mismo, es bastante claro que no hay nada deseable en él que mueva a Dios a salvarle. Isaías describe de esta manera a Israel:

Oíd, cielos, y escucha tú, tierra; porque habla Jehová: Crié hijos, y los engrandecí, y ellos se rebelaron contra mí. El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; Israel no entiende, mi pueblo no tiene conocimiento. ¡Oh gente pecadora, pueblo cargado de maldad, generación de malignos, hijos depravados! Dejaron a Jehová, provocaron a ira al Santo de Israel, se volvieron atrás. ¿Por qué querréis ser castigados aún? ¿Todavía os rebelaréis? Toda cabeza está enferma, y todo corazón doliente. Desde la planta del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida, hinchazón y podrida llaga; no están curadas, ni vendadas, ni suavizadas con aceite.

Isaías 1:2-6

Isaías describe en sentido metafórico la corrupción intelectual, espiritual y moral del pueblo judío. Esta no es una descripción muy agradable de los israelitas, y esta descripción puede extenderse a toda la raza humana caída en Adán. Si alguno se siente tentado a pensar que lo dicho por Isaías es solo aplicable al pueblo judío, piense lo sgte.: Si el pueblo judío, que contaba con los beneficios de la Revelación de Dios y Su Ley, estaba en este estado miserable ¿Cuánto más el resto de los seres humanos, los gentiles que, según Pablo, están “sin Cristo, alejados de la ciudadanía de Israel y ajenos a los pactos de la promesa, sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Efesios 2:12)?

Pablo mismo declara la depravación total que afecta de manera universal a todo hombre en Adán por causa del pecado en el sgte. pasaje:

¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado. Como está escrito:

No hay justo, ni aun uno; No hay quien entienda, No hay quien busque a Dios. Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; No hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno. Sepulcro abierto es su garganta; Con su lengua engañan. Veneno de áspides hay debajo de sus labios; Su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies se apresuran para derramar sangre; Quebranto y desventura hay en sus caminos; Y no conocieron camino de paz. No hay temor de Dios delante de sus ojos.

Romanos 3:9-18

También, al comienzo del cap. 2 de Efesios, Pablo describe nuevamente el estado miserable en que se encontraban los Efesios antes de que Dios les salvase, a fin de formar el contexto en que se manifiesta la Gracia de Dios:

Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo, siguiendo la corriente de este mundo, conforme al príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora opera en los hijos de desobediencia, entre los cuales también todos nosotros vivimos en otro tiempo en los deseos de nuestra carne, haciendo la voluntad de la carne y de los pensamientos, y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.”

Efesios 2:1-3

En conclusión, el pecado ha afectado de tal manera al ser humano que no hay nada en él que motive o amerite que Dios en cualquier sentido le salve. En toda su extensión, el hombre esta totalmente corrompido, y debido a esto no solo no puede ni quiere acercarse a Dios (Romanos 8:7), sino que le odia, le rechaza y busca apartarse de Él (Juan 3:19-20). Por lo tanto, no hay nada en el hombre que pueda causar de manera eficaz su salvación, como también implíca claramente Juan 1:13.

Dios es Santo. Su esencia aborrece el pecado y Su justicia exige castigo, retribución y venganza contra aquellos que afrentan Su Santidad y violan Su Ley. Siendo esto así, y debido a que el hombre está muerto en delitos y pecados y es enemigo de Dios, lo que el hombre merece obtener de Dios es Su Ira y castigo. Debido a esto, la única forma en que el pecador pueda ser salvo es que Dios mismo, de Su voluntad y sin tomar en cuenta el estado corrupto del pecador, decida tener misericordia de él (Salmo 130:3-4). En conclusión, la salvación debe ser causada por la Gracia de Dios de manera incondicional.

Que esto es así también es claro en las Escrituras. Por ejemplo, Santiago le atribuye a la sola voluntad de Dios la conversión de sus oyentes:

Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas.

Santiago 1:18

Pablo también hace lo mismo cuando dice que Dios nos escogió antes de la fundación del mundo “según el puro afecto de su voluntad” (Efesios 1:5), de manera que la Gracia de Dios para con Sus elegidos se puede trazar hasta antes de la Creación (2 Timoteo 1:9).

En Deuteronomio 7:7-8 leemos que Moisés dijo al pueblo de Israel lo sgte.:

No por ser vosotros más que todos los pueblos os ha querido Jehová y os ha escogido, pues vosotros erais el más insignificante de todos los pueblos; sino por cuanto Jehová os amó, y quiso guardar el juramento que juró a vuestros padres, os ha sacado Jehová con mano poderosa, y os ha rescatado de servidumbre, de la mano de Faraón rey de Egipto.

Deuteronomio 7:7-8

Aquí vemos claramente que Dios escogió a Israel según Su sola voluntad, sin tomar en cuenta nada en ellos, incluyendo aquellas cosas que hacían de Israel el peor pueblo para ser elegido. Solo fue la sola voluntad de Dios, fundamentada en Su amor, lo que le movió a escoger a Israel, es decir, fue la Gracia de Dios la causa de la elección de Israel.

Nuevamente Pablo, en Efesios 2:1,4-7, enfatiza claramente este punto al usar expresiones que tienen a Dios solamente como el Autor de aquellas acciones que se describen:

Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos en vuestros delitos y pecados… Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús.

Efesios 2:1,4-7

En este sentido, vemos que la salvación está totalmente en las manos de Dios, y Él la extiende de manera Soberana sobre quién Él lo desee, siendo Su Gracia la causa eficaz de ésta salvación. Aquellos que creen que Dios salva por causa de las obras, o por la fe en sí misma o prevista de antemano, o por una mezcla de ambas cosas, deberian considerar sus posiciones a la luz de las palabras iniciales de Efesios 2:8, “Porque por Gracia sois salvos…”.

Las palabras de Pablo, “Porque por Gracia sois salvos…”, son un golpe directo al orgullo humano, pues informan al hombre que está totalmente a merced de Dios, y depende de Él para ser salvo, pues en sí mismo no tiene nada deseable (1 Corintios 1:26-29) ni hay nada que pueda hacer que afecte en algo a Dios y a Su plan; de hecho, las Escrituras nos dicen que las maquinaciones del hombre en contra de Dios Le dan risa, y causan que Dios se burle de ellos antes de derramar sobre estos Su ira (Salmo 2:1-5).

Esto nos debiera mover a aquellos que hemos creído al agradecimiento, a la humildad y al temor de Dios. Y lo más importante, al amor a Dios por lo que ha hecho por nosotros, y a la fe, puesto que no hay Dios Soberano como Jehová que pueda salvar al hombre.

Ahora, existe la noción de que Dios extiende Su Gracia de manera universal sobre cada individuo. A la luz de las Escrituras esto es un error, y para eso les pediré que me sigan en el sgte. razonamiento que refuta tal noción: Debido a que la Gracia de Dios es la causa de la salvación, y debido a que lo que Dios desea de Su voluntad inevitablemente lo hace, por causa de Su Omnipotencia (Job 23:13; Salmo 135:6; Daniel 4:35; Romanos 9:19), entonces todo aquel a Quien Dios desea salvar en Su Gracia será inevitablemente salvo. Y si Dios salva por Gracia, y hay personas que han muerto sin ser salvas, entonces podemos concluir que Dios no extendió Su Gracia hacia esas personas para ser salvas, pues de haber sido salvas por la Gracia de Dios entonces no se hubieran perdido. Conclusión, Dios da Gracia a quien Él quiere, Sus escogidos, y no a todo el mundo (Romanos 9:13-18). Ergo, no existe tal cosa como Gracia Universal.

Para resumir lo escrito en este punto, las palabras de Pablo “Porque por Gracia sois salvos…” nos dicen primeramente que la causa eficiente de la salvación es la Gracia Soberana de Dios, y no la voluntad, fe, obras o lo que sea que el hombre haga o posea en sí mismo. El hombre, debido a su estado pecaminoso, no tiene nada en sí mismo que amerite que Dios le salve, e inclúso no desea ser salvo. Por lo tanto, si el hombre puede ser salvo, debe serlo inevitablemente por causa de la voluntad misericordiosa de Dios, por lo que podemos concluir que esta salvación debe ser necesariamente incondicional, por Gracia. Entonces, como la salvación está enteramente en manos de Dios, y Dios no extiende Su Gracia a todos los individuos, podemos decir que no existe tal cosa como la Gracia Universal o Salvación Universal.

Continuará…