Todo por Nada: La Gracia Soberana de Dios en la Salvación. Interpretación y Exposición de Efesios 2:8-10 (Parte Nº6).

6.- Habiendo dejado claramente establecido el Apóstol Pablo que la fe en Cristo es un don de Dios y no un producto de nuestra propia voluntad e iniciativa, procede a cerrar la puerta a todo esfuerzo humano para obtener la salvación por sus propios méritos diciendo en Efesios 2:9: “no por obras, para que nadie se gloríe”, es decir, no somos salvos por ningún tipo de obra de justicia que nosotros podamos hacer y, por lo tanto, no tenemos nada de qué gloriarnos en nosotros mismos con respecto a nuestra salvación. Con estas palabras, el Apóstol nos enseña la carencia de gloria en el hombre con respecto a su salvación.

Antes de interpretar y exponer este pasaje, vamos a definir que es una obra y a que “obras” específicas se refiere el Apóstol. La RAE define la palabra obra como “cosa hecha o producida por un agente” (aquí). Si relacionamos esta definición al tema que estamos tratando, el agente específico al que la aplicaremos será al ser humano. Esto incluiría tanto la fe como toda otra obra que el hombre pueda producir y pueda ser tomada como fundamento de su salvación, es decir, todo aquello que el hombre pueda reclamar como su propia justicia, de la cual podría gloriarse a sí mismo. Como hemos visto hasta ahora, la salvación completa es solamente por Gracia de Dios sin ningún tipo de obra humana como fundamento meritorio por parte de Sus objetos, de manera que lo dicho anteriormente es consistente con lo que el pasaje nos enseña.

Ahora, Pablo tiene en mente un tipo específico de “obras” que, dicho sea de paso, son el único tipo de “obras” que nos puede ser contado como justicia. Digo esto a fin de que no haya alguno que piense que porque estas “obras” específicas a las que Pablo se refiere no nos pueden justificar delante de Dios, entonces puede haber otro tipo de “obras” que sí lo pueden hacer. Veamos lo que Pablo nos dice al respecto:

Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas.

Gálatas 3:10

Entonces, a la luz de este clarísimo pasaje, lo que Pablo tiene en mente son “las obras de la ley”, es decir, “todas las cosas escritas en el libro de la ley”, específicamente aquellas obras que nos son ordenadas para poner en práctica, “para hacerlas”. Dentro de estas “obras” están incluidos todos sus tipos, ya sean morales, ceremoniales o civiles, aunque el énfasis específico es en las de orden moral, pues solo éstas son susceptibles de ser juzgadas como buenas o malas y son éstas las que sirven de fundamento a las otras dos clases. Esto también incluye las “obras” de aquellos a quienes no les fue dada la Ley de manera explícita, es decir, los gentiles. Pablo dice:

¿Qué, pues? ¿Somos nosotros mejores que ellos? En ninguna manera; pues ya hemos acusado a judíos y a gentiles, que todos están bajo pecado.

Romanos 3:9

Este pasaje solo tiene sentido si se presupone que los gentiles también tienen conocimiento de la Ley, algo que Pablo afirma en Romanos 2:14-15 al decir que los gentiles tienen “la ley escrita en sus corazones”, con referencia a la Ley moral.

Ahora bien, aunque podemos decir con seguridad que Pablo tiene en mente “las obras de la ley” en Efesios 2:9, debido a que no hay calificación para la palabra “obras” en este pasaje podemos decir que Pablo hace referencia a toda obra que el hombre pueda producir. Es decir, si bien esta palabra implica claramente “todas las cosas escritas en el libro de la ley”, el uso que hace Pablo de ésta es más bien general, con lo que también incluye, por ejemplo, las obras de la Ley motivadas por la fe, así como también los sacramentos practicados por la Iglesia: El Bautismo y la Santa Cena. Esto queda demostrado con lo que sigue de este pasaje, donde se nos dice que la salvación “no (es) por obras, para que nadie se gloríe”, lo cual presupone evidentemente que todo motivo de gloria en el hombre es retirado, y la gloria de su salvación entera recae completamente en la Gracia de Dios. Es decir, si la salvación nos viene por bautizarnos, por participar de la Santa Cena, por nuestras obras hechas en fe, etc. entonces el hombre tendría algo de que gloriarse a sí mismo, con lo que lo dicho por Pablo aquí no tendría sentido alguno.

En conclusión a esta parte, podemos decir que Pablo incluye todo tipo de “obras” cuando escribe que la salvación “no (es) por obras”. Al afirmar esto no estoy diciendo que existan otras obras aparte de la Ley, porque aquellas obras, específicamente las de orden moral, son las mismas que las de “la ley escrita en (los) corazones” de los gentiles, pero hechas explícitas.

En fin, para entender el porque nuestras obras no pueden salvarnos vamos a analizar las exigencias de la Ley con respecto a nuestro deber. Para esto, volveremos a citar Gálatas 3:10:

Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas.

Gálatas 3:10

En primer lugar, para que podamos ser justificados delante de Dios por nuestras propias obras, debemos obedecer la Ley de manera permanente (“Maldito todo aquel que no permaneciere”), es decir, nuestra obediencia a la Ley debe ser inmutable. No basta con obedecer por un momento solamente, sino que la obediencia debe ser permanente durante todo el tiempo, sin variar por un solo segundo. En segundo lugar, nuestra obediencia a la Ley debe ser completa (“Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley”), es decir, no debe haber punto en la Ley que no obedezcamos. Toda ella debe ser obedecida sin faltar un solo mandamiento, y el quebrantamiento de uno solo de ellos nos hace culpables frente a la Ley (Santiago 2:10). Entonces, a la luz de esto, debemos decir que lo que la Ley de Dios nos exige es obediencia perfecta, y cualquier cosa menos que eso nos pone bajo maldición y nos retira toda posibilidad de ser justificados delante de Dios por las obras de la Ley, puesto que es “el que hiciere estas cosas” el que “vivirá por ellas” (Gálatas 3:12), no el que no las hiciere.

El asunto es el siguiente: Si cualquiera de nosotros pudiese cumplir la Ley como esta lo exige, entonces ciertamente la justificación la obtendríamos mediante la Ley, pero el hecho es que, al ser pecadores, no hay ninguno de nosotros que cumpla la Ley según sus propias exigencias (Romanos 3:9-20). Por lo tanto, todo hombre pecador está bajo la maldición de la Ley de Dios a menos que Cristo le salve, aplicando sobre él los beneficios de Su obra (Gálatas 3:10).

Entonces, la salvación no puede ser por nuestras propias obras de justicia, de manera que tiene que ser por la Gracia de Dios; en conclusión, nada que podamos hacer nos puede salvar, mucho menos mantener la salvación y, por lo tanto, no hay nada de lo que podamos gloriarnos frente a Dios o frente a los hombres con respecto a nuestra salvación. Estamos totalmente a merced de la misericordia de Dios, como está escrito:

Así que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.

Romanos 9:16

El hecho de que carecemos de toda gloria con respecto a nuestra propia salvación es testificado por las Escrituras, como está escrito:

Pues mirad, hermanos, vuestra vocación, que no sois muchos sabios según la carne, ni muchos poderosos, ni muchos nobles; sino que lo necio del mundo escogió Dios, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo escogió Dios, para avergonzar a lo fuerte; y lo vil del mundo y lo menospreciado escogió Dios, y lo que no es, para deshacer lo que es, a fin de que nadie se jacte en su presencia. Más por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención; para que, como está escrito: El que se gloría, gloríese en el Señor.

1 Corintios 1:26-31

Ninguno de nosotros tiene algo de que jactarse frente a Dios o frente a los hombres con respecto a nuestra salvación, sino que todo aquello que tenemos lo hemos recibido por Gracia. Fue Dios mismo Quién nos salvó en Cristo Jesús, de manera que si nos hemos de gloriar en algo, gloriémonos en el Señor, de Quien hemos recibido todas las cosas. La jactancia queda fuera, como está escrito:

Porque ¿quién te distingue? ¿O qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿Por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?

1 Corintios 4:7

A muchos les gustaría jactarse de lo buenos que son, de las buenas obras que hacen, de la justicia que, se supone, poseen, pero al hacerlo se ponen ellos mismos lejos de la salvación, pues Cristo no vino a salvar a justos, sino a pecadores (Lucas 5:32), y mientras estos no vean la realidad, es decir, que son unos pecadores bajo la ira de Dios en constante peligro de caer en Sus manos y recibir el castigo del infierno y que no hay obra alguna que puedan presentar frente a Él a fin de que les salve, entonces no irán a Cristo en busca de la redención. Esta es la verdadera labor de la Ley: Mostrarnos que somos unos pecadores y que necesitamos ir a Cristo para ser salvos (Romanos 3:20; Gálatas 3:19-24), es decir, poner frente a nosotros la realidad de que no podemos ser salvos por nuestras obras y, por lo tanto, no tenemos nada de que gloriarnos.

En conclusión, cuando Pablo nos dice que la salvación “no (es) por obras, para que nadie se gloríe”, quiere decir que no hay nada en nosotros mismos que podamos hacer a fin de ser salvos y, por lo tanto, no tenemos motivo alguno en nosotros mismos para jactarnos en cuanto a nuestra salvación. Las “obras” son todas aquellas cosas hechas o producidas por el hombre, y Pablo tiene en mente de manera específica las obras de la Ley, si bien todo otro tipo de obra humana que pueda ser usada como fundamento de la salvación está incluida en la afirmación, de otra forma no tendría sentido que Pablo dijese que la salvación “no (es) por obras, para que nadie se gloríe”. La Ley nos exige obediencia perfecta, y debido a que somos pecadores, ninguno de nosotros puede llenar esa condición, de manera que no hay obra que nos recomiende frente a Dios y estamos a merced de Su Gracia y misericordia, la cual nos es ofrecida en Cristo. Aquellos que quieran abrazar algo de justicia en ellos mismos se alejan inevitablemente de la Gracia de Dios, a menos que renuncien a todo esfuerzo por establecer su propia justicia y reciban con fe la de Jesucristo.

Continuará…

Un comentario el “Todo por Nada: La Gracia Soberana de Dios en la Salvación. Interpretación y Exposición de Efesios 2:8-10 (Parte Nº6).

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