Todo por Nada: La Gracia Soberana de Dios en la Salvación. Interpretación y Exposición de Efesios 2:8-10 (Parte Nº7).

7.- Si bien las obras que nosotros hagamos, sean cuales fueren, no son ni serán nunca la causa o fundamento de nuestra salvación, así como tampoco son ni serán la causa de que Dios haya extendido o extienda aún Su Gracia sobre aquellos que hemos creído, eso no implica que las obras no tengan su lugar dentro del plan que Dios dispuso en Sí mismo para nosotros al salvarnos. Por este motivo, luego de enseñarnos claramente que nuestra salvación de principio a fin y en todos sus aspectos es obra de la Gracia de Dios manifestada en Jesucristo y extendida sobre nosotros por medio del don de la fe, Pablo nos enseña sobre las buenas obras en la salvación por Gracia cuando nos dice en Efesios 2:10: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.

De los vs. anteriores, Pablo concluye: “Porque somos hechura suya…”, de manera que el lenguaje de la Gracia sigue impregnando el pensamiento del Apóstol incluso cuando procede a hablar de las buenas obras. Esta expresión nos enseña que aquellos que hemos sido elegidos por Dios para salvación somos obras de la Gracia de Dios. Dios expresa Su obra de Gracia en nosotros como un proceso de creación o re-creación; no como aquella narrada en Génesis 1, sino como un cambio radical de dirección y disposición del redimido, desde amar el mal y odiar a Dios a amar a Dios y aborrecer el mal. Por medio del profeta Isaías, Dios se expresa de la siguiente manera de Su pueblo redimido:

Ahora, así dice Jehová, Creador tuyo, oh Jacob, y Formador tuyo, oh Israel: No temas, porque yo te redimí; te puse nombre, mío eres tú…No temas, porque yo estoy contigo; del oriente traeré tu generación, y del occidente te recogeré. Diré al norte: Da acá; y al sur: No detengas; trae de lejos mis hijos, y mis hijas de los confines de la tierra, todos los llamados de mi nombre; para gloria mía los he creado, los formé y los hiceEste pueblo he creado para mí; mis alabanzas publicará.

Isaías 43:1,5-7,21

Este pasaje trata específicamente del propósito de Dios con respecto a Su pueblo escogido, Su Iglesia, a los cuales Él creó para publicar Sus alabanzas. La obra de Dios con Su pueblo es íntima, cercana e inevitable (vs. 13).

Volviendo a Efesios 2:10, esta sola frase bien entendida, “…somos hechura suya…”, hecha por tierra toda pretensión de mérito en las obras, con lo que nuevamente se refuta la salvación por obras o cualquier intento de introducir las obras del creyente como fundamento meritorio o sustentador de la Justificación o la Santificación. También, de esta sola frase, podemos deducir que el creyente tiene segura su redención en Cristo, pues su salvación es obra de Dios, esto es, de Su Gracia y misericordia, y esta obra de Dios incluye las mismas buenas obras del creyente, como más adelante se afirma. A su vez, esta sola frase refuta completamente la doctrina del libre albedrío, pues si somos obra de Dios, entonces nuestra elección también es obra Suya, y de esto se concluye claramente que no existe libertad de elección, con respecto a Dios, en cuanto a la salvación. Esto es, elegimos voluntariamente, más no libremente. Y en último lugar, esta frase implica que a menos que Dios obre en nosotros, estamos en una posición de impotencia en cuanto a salvación se refiere, imposibilitados de salvarnos y obrar el bien por nosotros mismos. Dependemos totalmente de Dios.

El pasaje continúa con lo siguiente: “…creados en Cristo Jesús…”. Esto puede entenderse de dos formas, ambas con firme fundamento Bíblico. Primero, puede entenderse con referencia al patrón de la obra de Dios en nosotros, esto es, somos formados a la imagen de Jesucristo. Pablo nos enseña esto en las siguientes palabras:

Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos.

Romanos 8:29

Jesucristo, en cuanto a Su humanidad, es el patrón por el cual somos formados aquellos que hemos creído. En la Justificación, nuestra justicia frente a Dios es igual a la de Jesucristo, por el hecho obvio de que nuestra justicia frente a Dios es la Suya propia; en la Santificación, nuestra corrupción es removida gradualmente por el Espíritu Santo en nosotros, de manera que somos formados gradualmente a la imagen de Cristo a medida que somos santificados mediante la Palabra (Juan 17:17), mas éste proceso no alcanzará la perfección sino hasta nuestra muerte o hasta que llegue el Señor (1 Corintios 15:53-54; Filipenses 3:20-21; 1 Juan 3:2). Jesucristo, el Primogénito, es el patrón; nosotros somos hechos a semejanza de Él.

Nuevamente Pablo hace referencia a esto al comparar nuestra semejanza con Adán y con Jesucristo en el siguiente pasaje:

Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos.

Romanos 5:19

Si bien este pasaje trata específicamente sobre la Imputación de la culpa de Adán y la justicia de Jesucristo, esto no implica que los efectos de aquella imputación no estén incluidos, tanto la corrupción causada por la culpa y como la santidad causada por la justicia. Y todo esto es obra de Dios, Quién hace todo en todos (1 Corintios 12:6).

La segunda forma de entender esta frase es refiriéndose a Cristo como la fuente y fundamento de todas nuestras bendiciones. En Colosenses encontramos apoyo para esta interpretación:

Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo. Porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad, y vosotros estáis completos en él, que es la cabeza de todo principado y potestad.

Colosenses 2:8-10

Ciego es aquel que busca bendición de Dios aparte de Cristo, porque solamente por Él tenemos entrada al Padre (Juan 14:6), y solamente en Él tenemos todo lo necesario para servir a Dios como corresponde, de manera que aquel que quiera agradar a Dios debe asirse de Cristo, porque aparte de Él nada podemos hacer (Juan 15:5). La forma de permanecer en Él es por medio de la fe (Romanos 11:20), la cual también es don de Dios.

En 1 Corintios leemos lo siguiente:

Mas por él estáis vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención

1 Corintios 1:30

Es en Cristo que tenemos todas estas cosas; y como a Cristo lo recibimos por medio de la fe (Juan 1:12), se desprende necesariamente que todas estas cosas las recibimos por medio de la fe. Es, entonces, por la sola fe y no por obra alguna que recibimos lo que Dios nos ha concedido en Cristo.

Si bien ambos sentidos son Bíblicos y no tengo problema en entender cualquiera de los dos en el pasaje, me siento inclinado a entender el primer sentido por sobre el segundo por razón del contexto cercano. El pasaje trata sobre las buenas obras, las cuales son el resultado o fruto de la Santificación del creyente. Debido a que la Santificación tiene como propósito el hacernos semejantes a Cristo mediante la remoción de la corrupción de la carne que aún impera en nosotros por medio de la renovación de nuestra mente (Romanos 12:2; Efesios 4:22-24), entonces pienso que el primer sentido tiene más coherencia en este versículo de Efesios. Ahora bien, el segundo sentido también encuentra algo de apoyo en los vs. 4-7 de Efesios 2, sin embargo, en el contexto cercano el primer sentido es más coherente, pero si alguien prefiere entenderlo de la otra forma no veo problema alguno.

Pablo prosigue a informarnos sobre el propósito de Dios al salvarlos: “…para buenas obras…”, esto es, Dios nos salva para que obremos el bien. Primero, notaremos inmediatamente que Dios no nos salvó por buenas obras, sino “para buenas obras”, con lo que todo mérito en nosotros mismos es quitado inmediatamente. Y esto se sigue coherentemente de todo lo dicho hasta aquí, pues si somos salvos “por Gracia” y si las buenas obras son el resultado de haber sido “creados en Cristo Jesús”, entonces se sigue lógicamente que antes de que Dios nos salvase estábamos totalmente imposibilitados de obrar el bien, por lo que ninguna de nuestras obras puede ser fundamento alguno o causa de nuestra salvación (Tito 3:4-6).

En segundo lugar, nos deberíamos preguntar: ¿Qué es una buena obra? Pues bien, una buena obra es aquella que ha sido hecha en conformidad con la Ley de Dios (Josué 1:7-8; Salmo 119:1; Romanos 7:21-23). Siendo Dios el único Bueno y Santo en esencia, solo Él puede prescribir lo que es bueno y malo, y siendo nuestro Creador Soberano, tiene todo el derecho de imponer Sus Leyes sobre nosotros. La forma en que Él ha hecho esto es a través de Su Ley, la cual nos informa sobre lo que es bueno y malo (Romanos 7:7).

Pues bien, como hemos visto en las entregas anteriores, si bien la Ley nos informa de nuestro deber para con Dios, con nuestro prójimo y con nosotros mismos, hay algo que la Ley no hace, y eso es darnos el poder de obedecerla (Gálatas 3:21). La Ley simplemente nos informa de nuestro deber y revela nuestras faltas, solo eso, como nos lo dice Pablo en las siguientes palabras:

…ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él;porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.

Romanos 3:20

¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? En ninguna manera. Pero yo no conocí el pecado sino por la ley; porque tampoco conociera la codicia, si la ley no dijera: No codiciarás.

Romanos 7:7

Como el hombre está muerto en delitos y pecados, la Ley hace caer sobre él todo el peso de la maldición, pues éste no tiene poder alguno para obedecerla tal cual como Dios manda.

Entonces, ¿De qué manera Dios logra que Sus hijos obedezcan Su Ley sin ser condenados por ella? En primer lugar, quitando la maldición que cae sobre sus cabezas mediante la muerte de Jesucristo. El Señor sufrió en la cruz el castigo que la Ley demandaba de los hijos de Dios, de manera que la condenación de la Ley que recaía sobre los que creemos quedó totalmente extinguida; fuimos redimidos por Su muerte y comprados por Su sangre (Hechos 20:28; Gálatas 3:13). En segundo lugar, ya que no tenemos deuda alguna con la Ley, pues estamos bajo la Gracia, Cristo, mediante Su intercesión (Juan 17:14-21; Romanos 8:34; Hebreos 7:23-25), nos aplica los beneficios de Su obra a través de Su Espíritu Santo.

Dios comienza Su obra abriéndonos los ojos del entendimiento a Su Palabra y cambiando la disposición de nuestros corazones hacia Su Justicia, de manera que mientras que antes odiábamos la Palabra, ahora queremos creerla y obedecerla:

Esparciré sobre vosotros agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra.

Ezequiel 36:25-27

Pues bien, la fortaleza para obedecer la Ley de Dios nos es dada por el Espíritu Santo, como está escrito: “Y pondré dentro de vosotros mi Espíritu, y haré que andéis en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por obra”, de manera que dependemos totalmente de Dios para obrar el bien. De esto también se puede inferir que aquellos que no tengan el Espíritu Santo, por más que en la superficie sus obras parezcan buenas a nuestros ojos, son totalmente incapaces de obrar el bien; tienen la cáscara, pero no la sustancia.

A la luz de esto, aquellos que hemos creído nos debemos sentir impelidos a orar a Dios para que constantemente nos asista mediante Su Espíritu, a fin de que nos mueva a perseverar en la sana doctrina y en la obediencia a Su Ley. Toda confianza en nosotros mismos es vana, de manera que nuestros ojos deben estar puestos en Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote, Quién intercede constantemente por nosotros. A su vez, si pecamos no debemos desesperar, sino confiar en que Dios “es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” y que la muerte de nuestro Señor Jesucristo “es la propiciación por nuestros pecados” (1 Juan 1:9,2:2).

Siguiendo con Efesios 2:10, el pasaje nos dice en cuanto a las obras lo siguiente: “…las cuales Dios preparó de antemano…”. La Soberanía y la Gracia de Dios abarcan incluso las buenas obras del creyente. Éstas no son dejadas al azar, ni tampoco son causadas por las propias fuerzas del creyente, sino por el Espíritu de Dios, de acuerdo al propósito que Dios en la eternidad pasada se propuso en Sí mismo para con Sus hijos.

Las buenas obras del creyente fueron decretadas en los consejos de Dios antes de la Creación del mundo, y son parte de aquello que Dios nos ha concedido en Su Gracia, como está escrito:

Por tanto, no te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor, ni de mí, preso suyo, sino participa de las aflicciones por el evangelio según el poder de Dios, quien nos salvó y llamó con llamamiento santo, no conforme a nuestras obras, sino según el propósito suyo y la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos de los siglos

2 Timoteo 1:8-9

El propósito de Dios con respecto a nosotros es formarnos a la imagen de Su Hijo Jesucristo (Romanos 8:28), y esto incluye una transformación completa y radical en nuestra forma de pensar y de actuar, a fin de que reflejemos a Jesucristo en nosotros, como está escrito:

El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo.

1 Juan 2:6

En cuanto a la causa de estas buenas obras, es Dios Quién nos impele y nos da fuerzas mediante Su Espíritu Santo, cuyo instrumento es la Palabra de Dios (Juan 17:17; Efesios 6:17), a obedecer Sus mandamientos de acuerdo a Su Soberana voluntad:

porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.

Filipenses 2:13

Jehová, tú nos darás paz, porque también hiciste en nosotros todas nuestras obras.

Isaías 26:12

Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, por la sangre del pacto eterno, os haga aptos en toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; al cual sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Hebreos 13:20-21

De los versículos anteriores podemos inferir claramente que dependemos de Dios para obrar el bien, de manera que lo mejor que podemos hacer es confiar en Él y orar constantemente pidiendo Su asistencia. También concluimos que estas obras son dones de la Gracia de Dios en Jesucristo. Podemos decir también que todo aquel que pretenda obrar el bien aparte de Jesucristo se engaña a Sí mismo, pues solo en Él encontramos lo necesario para agradar a Dios de manera correcta (Juan 15:4-5).

Ahora bien, Dios preparó nuestras buenas obras “para que anduviésemos en ellas”. Las buenas obras del creyente cumplen un papel importantísimo dentro del propósito de Dios. Solo por nombrar algunos, nuestras buenas obras reflejan la Santidad de Dios:

No mintáis los unos a los otros, habiéndoos despojado del viejo hombre con sus hechos, y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno

Colosenses 3:9-10

…como hijos obedientes, no os conforméis a los deseos que antes teníais estando en vuestra ignorancia; sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo.

2 Pedro 1:14-16

También, nuestras buenas obras pueden ser el medio por el cual los incrédulos puedan llegar a creer en el Evangelio y glorificar a Dios:

Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.

Mateo 5:16

Amados, yo os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de los deseos carnales que batallan contra el alma, manteniendo buena vuestra manera de vivir entre los gentiles; para que en lo que murmuran de vosotros como de malhechores, glorifiquen a Dios en el día de la visitación, al considerar vuestras buenas obras.

1 Pedro 2:11-12

Siendo esto tan importante, cuanto más debemos esforzarnos por obedecer a Dios, confiando en que Él nos dará las fuerzas necesarias para obrar el bien y la Gracia suficiente para cubrir nuestras faltas. Todo esto gracias a lo que nuestro bendito Señor Jesucristo hizo por nosotros al morir en la cruz.

En conclusión, Efesios 2:10 nos enseña que somos obras de la Gracia de Dios. Dependemos totalmente de Él y Su Gracia en todo nuestro andar. Su obra en nosotros tiene un patrón, y este es nuestro Señor Jesucristo, el único en donde encontramos todas las bendiciones necesarias para agradar a Dios. Todo aquel que no esté en Cristo no tiene poder alguno para obrar el bien, de manera que las ‘buenas’ obras del no Cristiano son cáscara sin contenido, condenadas por Dios. Las buenas obras del creyente fueron decretadas antes de la Creación del mundo por Dios, y son actualizadas en el tiempo e impulsadas en el creyente por el Espíritu Santo que mora en él. El fin de estas buenas obras es manifestar la Santidad de Dios y llevar al incrédulo a creer en el Evangelio.

Un comentario el “Todo por Nada: La Gracia Soberana de Dios en la Salvación. Interpretación y Exposición de Efesios 2:8-10 (Parte Nº7).

  1. davidbecher dice:

    impresionante y verdadero Dios en Cristo es la fuente inagotable un abrazo hacia adelante siempre con l verdadero evangelio sin diluir por que en la palabra de vida hay suficiente salvacion para los que en CRISTO creen y poder ser asistidos siempre por la obra del Espiritu Santo ,por siempre la gloria a el amen

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